El 23 de setiembre de 1850, hace 176 años, murió en el exilio en el Paraguay José Artigas, autor de un proyecto de igualdad para todas las provincias derrotado en 1820.
La carrera política y militar de Artigas se extendió de 1810 a 1820, cuando fue vencido en las afueras de Paraná, junto al arroyo Las Tunas, por su lugarteniente Franciso Ramírez, que lo traicionó tras el desastre de Tacuarembó.
Lo propio de Artigas, que no se repitió después de él, fue combatir al mismo tiempo y con igual lucidez y firmeza contra los porteños, los portugueses, los montevideanos, los españoles y los ingleses, contra todos los imperios, ponerlos a todos en jaque y no ceder nada ante ninguno.
Por esa razón encontró traidores con facilidad: siempre había quien estuviera dispuesto a acompañarlo mientras luchara contra su enemigo personal; pero que también estuviera dispuesto a abandonarlo tan pronto viera comprometido su propio interés en una lucha contra un poder con el que había transado.
Ese valor sin igual de Artigas, esa integridad propia de una personalidad superior sin fisuras y de un pensamiento que veía lejos, hizo que los indios, por ejemplo, lo llamaran “karaí guasú” y “padre iluminado” o “padre de la luz”, denominaciones que para ellos significaban mucho y que no daban sino al que se las merecía por derecho propio.
Artigas era la encarnación de un modo de ver, de sentir y de vivir que se había formado a lo largo de los siglos en la resistencia contra el invasor y contra el negrero, contra el encomendero y contra el comerciante de las ciudades, que había circulado llevando y trayendo fugitivos de los obrajes y noticias por los grandes ríos y de pronto se hizo presente en una figura de inmensa significación.
Cuando ya vencido iba por Corrientes camino del exilio en el Paraguay, los indígenas dejaban sus casas, sus familias, sus sembrados, para seguirlo.
No tenía nada para darles ni ellos le pedían nada. Sabían reconocer una grandeza más allá de cualquier condición económica o social y actuaban en consecuencia como nosotros ya no sabemos hacerlo porque estamos minados por las normas del interés.
Cualquiera puede llamarse artiguista y no es posible quitarle ese derecho. Pero es posible limpiar el campo de malezas. Artiguista en serio, como los que siguieron a Artigas en el éxodo oriental, como aquellos que levantaron el campamento del Ayuí contentos, casi celebrando, a pesar de las condiciones de miseria extrema, son fáciles de reconocer.
No es posible ser artiguista y declararse incondicional del gobierno centrado en Buenos Aires, que ejerce el poder unitario de manera despótica.
No es posible ser artiguista y vender el rico patrimonio de los entrerrianos al precio vil de la conveniencia a empresas que vengan a destruir el suelo y el subsuelo.
No es posible ser artiguista y condenar a la población a vivir fumigada con glifosato en medio de un mar de soja, tanto en las pequeñas ciudades como en las escuelas
No es posible ser artiguista y argüir que la incondicionalidad con un poder que se lleva el trabajo y la vida de los entrerrianos es una postura estratégica, y celebrarlo cuando aquel poder devuelve migajas como quiere y cuando quiere.
Artigas esperaba todo de la gente que tenía sobrados motivos para creer en él y nada de un poder central que sabía iba a asfixiar y matar las autonomías y nivelar las diferencias.
“Los porteños nos han fallado en todo; si fuera por ellos, seríamos portuguerses”, dijo ante una de las traiciones del emporio comercial centrado en el puerto.
Así era entonces, así es ahora, cuando se ve claro que los argentinos, habiendo fracasado en hacer un país, hemos hecho una ciudad monstruosa en medio de un desierto.
“Naide es más que naide” y que la capital esté en cualquier lugar menos en Buenos Aires, suenan hoy todavía mejor que ayer, con fuerza de utopía que permite distinguir el oro del oropel y lanzar lejos las falsificaciones.
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