Los clubes de barrio nacieron a principios del siglo XX como el motor social, cultural y deportivo de los trabajadores en Argentina. Estos espacios transformaron el fútbol, que pasó de ser un juego exclusivo de la élite británica a convertirse en el deporte más popular del país, forjando la identidad del futbolista argentino en los potreros, supo AIM.
Los clubes barriales argentinos integraron a las olas de inmigrantes europeos con los trabajadores criollos mediante el deporte y el baile. En sus potreros de tierra nació la gambeta, aportando al juego picardía y desparpajo.
Los jugadores de la selección argentina también comenzaron en clubes barriales de sus pueblos y ciudades, y allí forjaron el sentido de comunidad, de juego colectivo y el orgullo de representar a su gente.
·Emiliano “Dibu” Martínez, dio sus primeros pasos futboleros en el club General Urquiza de Mar del Plata. El protector del arco posteriormente siguió en Talleres y San Isidro, instituciones linderas con su barrio, allí comprendió que el fútbol formaría parte de su vida. A los 10 años padeció sus primeras adversidades, al ser rechazado por las canteras de Boca y River, pero ese fue el disparador de una personalidad perseverante, con un sueño claro. Devuelto al fútbol marplatense, continuó superando límites hasta los 13 años, cuando dio el salto a Independiente, sumándose a las categorías inferiores.
Gonzalo Montiel comenzó en el club El Tala de González Catán, provincia de Buenos Aires, jugando al baby hasta que un día, un compañero de trabajo del padre le consiguió una prueba en Huracán. A sus 10 años tuvo su primer tropezón: a pesar de haber quedado en el club de Parque Patricios, nunca fue tenido en cuenta. Un par de meses más tarde, fue a probar suerte a Boca pero su final fue similar. Tras los tropezones en los clubes de Primera, Gonzalo volvió a su primer hogar: El Tala, aunque poco tiempo después se probó en River y quedó.
“Hambre no pasé porque mis viejos hicieron todo para darnos la comida. Por ahí me dejaban una viandita para que comiera en el colectivo, cuando me tenía que ir solo a entrenar porque ellos trabajaban. A veces mi mamá me esperaba en Liniers, a la vuelta del entrenamiento, y ahí comíamos juntos alguna porción de pizza, a la tardecita, y me salteaba el almuerzo. Nunca tuve que trabajar, pero cuando tenía un día libre, acompañaba a mi viejo y lo ayudaba. No hacía gran cosa: pasarle ladrillos, ayudarlo con los pozos y ese tipo de cosas”, recordó tiempo después. El sacrificio de él y de su familia cada vez era mayor y poco a poco se volvía muy cuesta arriba. Dos horas y media de ida, mismo tiempo de vuelta y la plata de los padres que no alcanzaba para seguir costeando los viajes. Entonces, después de un par de años y de mucho pensarlo, Montiel le comunicó a Carlos Anta, su entrenador, que así no podía seguir. Como solución, ya que desde River le veían condiciones, decidieron hacerle lugar en la pensión, un sitio destinado únicamente a los chicos del interior del país.
La infancia de Nicolás Tagliafico está teñida de verde y blanco, los colores del Club Atlético y Social Villa Calzada donde comenzó a jugar al baby. Los abuelos Tagliafico eran seguidores del Taladro y heredaron ese amor a las siguientes generaciones. Nicolás recuerda, en una nota con El Gráfico, que su mamá, María Teresa, veía al equipo ya con él en la panza. Sus hermanos también pasaron por las inferiores del club. Por eso no sorprende que Banfield haya sido el lugar elegido para continuar su carrera.
Hay quienes forjan su camino desde cero y deciden tomar un rumbo diferente al contexto donde nacieron, pero otras personas parecen haber llegado al mundo con un destino marcado. Alexis Mac Allister, hijo del reconocido Carlos Mac Allister, ex lateral derecho de Argentinos Juniors, Boca, Racing, Ferro y la selección argentina, nació en Santa Rosa, La Pampa, y con tan solo cuatro años empezó a involucrarse en el mundo del fútbol en el Club Social y Deportivo Parque.
Cristian “Cuti” Romero nació en Córdoba y desde muy chico se divertía con la pelota. “En el potrero jugaba con sus primos, era el más chico pero se defendía. Ya le gustaba salir jugando y tenía mucha personalidad”, recordó hace un tiempo su padre. A los ocho años arrancó a jugar en San Lorenzo de Córdoba, del barrio Las Flores, donde permaneció hasta los 14, momento en el que pasó a vestir los colores de Talleres hasta que quedó libre.
Enzo Fernández dio sus primeros pasos en La Recova, un club de barrio de Villa Lynch. Al poco tiempo, llamó la atención de Pablo Esquivel, reclutador de talentos de River. “Yo dirigía a un club de Villa Ballester y me tocó enfrentarlo. Y la rompía toda. Lo vi muy inteligente ya de tan chiquito. Al día siguiente le comuniqué a Gabriel Rodríguez y a los técnicos de las categorías más chiquitas que había un jugador 2001 de San Martín que jugaba bárbaro y me dijeron que lo fuera a buscar. Después de tantas idas y vueltas pudimos convencer a los padres y lo llevamos al club", contó tiempo después el captador a Clarín.
Exequiel Palacios nació en Famaillá, Tucumán, aunque al poco tiempo su familia se mudó a San Martín, Buenos Aires. Su primer contacto con una pelota se dio en el baby de la Junta Vecinal de José Ingenieros, donde jugó hasta los ocho años. Luego pasó a la Asociación Fomento Parque Chas hasta que, con tan solo diez años, llegó a River.
"Bienvenidos a Calchín, la tierra de Julián Álvarez", reza una gigantografía en la entrada del pueblo cordobés donde nació. Su pasión por el fútbol nació desde muy pequeño, cuando comenzó a acompañar a sus dos hermanos a jugar a la pelota. Por este motivo, se incorporó a la escuelita de fútbol del Club Atlético Calchín, donde rápidamente comenzó a destacarse entre sus compañeros.
Cuando apenas tenía once años, un árbitro cordobés le comentó a Piero Foglia, histórico ojeador de juveniles, que tenía que acercarse a ver a un chico que era distinto al resto. Tan solo un partido le alcanzó para darse cuenta que la Araña tenía un talento superior y rápidamente le consiguió una prueba en el Real Madrid. Tuvo que retornar a la Argentina, debido a las restricciones de edad sobre los fichajes extranjeros que existen en España, y de retorno a su pueblo natal siguió jugando y divirtiéndose en su querido Calchín.
Lautaro Martínez, nació en Bahía Blanca en una familia futbolera, siguiendo los pasos de su papá vistió la camiseta Liniers.
Leandro Paredes con tan sólo tres años para el nacido el 29 de junio de 1994, el pequeño jugador comenzó a jugar en La Justina de San Justo (Buenos Aires), aunque también mostró su habilidad en San Pantaleón, de la localidad lindera de La Tablada. Al mudarse a Mataderos jugó para Brisas del Sur, donde su distintiva pisada comenzó a forjarse.
“Desde chiquito siempre estaba con la pelota, me gustaba jugar a todo, pero con la pelota era lo máximo. Además, en mi familia somos todos futboleros, jugaban mis hermanos, mis primos, todos. El fútbol siempre fue el tema principal en casa. Así que cuando pude, a mis cuatro años, estaba jugando en un club de barrio”, explicó Lionel Messi al recordar sus inicios.
El club era Abanderado Grandoli de la ciudad de Rosario. Cuando apenas tenía cuatro años, fue junto con su abuela Celia al club a acompañar a su hermano Matías, pero todo cambió cuando faltó uno para completar el equipo. “Mi abuela le empezó a decir al técnico, al que conocía de toda la vida 'metelo a este'. 'No, qué lo voy a poner, mirá lo chiquito que es, estás loca, le va a hacer mal', le decía él. A lo que ella sostenía: 'metelo, metelo'. Se ve que entré, que hice un par de cosas y a partir de ahí le dijeron que me compre botines y me lleva la semana próxima a entrenar”, contó el capitán de la Selección Argentina.
Lisandro Martínez dio sus primeros pasos en el fútbol en el club Urquiza de Gualeguay. Años después, se probó con éxito en Libertad, donde jugó hasta los 15 años.
Marcos Acuña nació y creció en la ciudad neuquina de Zapala. En su barrió comenzó a jugar a la pelota. Su primer equipo fue Olimpo, donde rápidamente sorprendió a todos con sus condiciones. “Para nosotros es un placer que Marquitos haya estado en nuestra escuelita. Nos sentimos muy orgullosos de verlo donde está hoy”, explica Patricio Maliqueo, uno de sus primeros técnicos. Luego pasó por Tiro Federal y cuando tenía seis años llegó a Don Bosco para jugar un torneo provincial. Más tarde, cuando tenía 13 años, retornó definitivamente para disputar con el club la liga local.
Tras algunas pruebas fallidas en distintos clubes, permaneció en el club neuquino hasta los 17 años, cuando Daniel Mellado, el padre de un compañero suyo, le consiguió una prueba en Ferro.
A orillas del Embalse Río Tercero, el Club Náutico Fitz Simón es un espacio para practicar voley, básquet, rugby, patín, handball y fútbol, por supuesto. Allí comenzó a patear la redonda Nahuel Molina. “Nos hemos criado con fútbol siempre. Mi papá nos inculcó eso desde chicos y yo jugaba en cualquier cancha que se cruzara: en el club, en la escuela o en el patio de mi casa”, aseguró.
A los 11 años, Molina debió tomar una difícil decisión: abandonar su pueblo, su club, su familia y amigos para perseguir su sueño. Un proyecto del Barcelona lo llevó hacia la academia del club español en San Justo. “El desarraigo es una experiencia tremenda, pero él nunca quiso volver, estaba convencido. Con el diario del lunes sabemos cuánto le costó”, narra Hugo, su padre.
Nicolás Otamendi nació en el Talar de Pacheco, Tigre. Pese a su gusto por el boxeo, finalmente decidió inclinarse por la pelota y no por los guantes. Sus primeros botines los usó para defender las camisetas de Villa Real y Barrio Nuevo de San Fernando.
Thiago Almada nació en el 2001 en el barrio Ejército de los Andes, el Fuerte Apache. Allí, las canchitas del club Santa Clara fueron testigo de su crecimiento. Colaborando en la venta de verduras en el barrio y el rejunte de botellas para el reciclado, no perdía su brillo y guste con la pelota.
Hay un condimento en el futbolista argentino que es codiciado a nivel mundial: el gen del potrero, el de la gambeta, el de la rebeldía, el amor por la camiseta y el club del barrio.
La Scaloneta es algo más allá de una selección o equipo que juega bien a la pelota. Es una identidad que representa al argentino. La identidad de la selección está en la propia cultura de esos potreros, baldíos, patios de colegio o plazas que supieron mamar de niños.
Los clubes barriales, además de ser entidades deportivas, sirven de contención humana y social para miles de jóvenes. Para muchos pibes, una hora más en el club es una hora menos en la droga y la calle. Para muchos pibes, el club que está lindante a las casas del barrio, sirve como refugio y contención.
Que no se apaguen las luces de los clubes barriales.
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