"Donde esté tu tesoro estará tu corazón" es una enseñanza atribuida a Jesús en el Evangelio de Mateo, que se explicita en varios pasajes, como el que invita al joven rico que quería seguir las enseñanzas del maestro a repartir sus riquezas entre los pobres, o la afirmación de que no se puede servir simultáneamente a dios y a las riquezas. Y si alguien quiere dar un banquete, que invite a los lisiados y a los ciegos, justamente porque no pueden devolver el favor.
Dos milenios después, un economista liberal británico y clérigo cristiano, Tomas Malthus, advertía al que invite a un hambriento a un banquete que serían arrojados ambos a la miseria según las leyes económicas que pretendía haber desvelado.
Dónde está el corazón del diputado libertario Alberto Benegas Lynch lo ha revelado él mismo: “Siento mucha tristeza de padecer a representantes de la Iglesia que me hacen tan difícil ir a misa los domingos. Es agotador escuchar mensajes colectivistas sobre la propiedad común, el destino universal de los bienes y demás ideas trasnochadas que cuando se aplicaron condujeron a hambrunas africanas".
Seguramente "Bertie" Benegas Lynch no ignora, aunque quizá oculte, que las hambrunas africanas son responsabilidad de la política colonial europea, que se repartió en Berlín a fines del siglo XIX todo el continente salvo Etiopía e impuso cultivos de exportación que desplazaron la producción tradicional de alimentos.
Hacer a los africanos responsables del hambre que les sobrevino es como hacer a los chinos responsables de las guerras del opio que les impuso la primera narcotraficante del mundo en su época, la reina Victoria de Inglaterra.
Un católico convencido, aunque encuentre difícil seguir las orientaciones que atribuye al clero, no debería ignorar un texto canónico como Los Hechos de los Apóstoles: «Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas: vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno».
O también: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que compartían todas las cosas... No había entre ellos ningún necesitado, porque los que eran dueños de campos o casas los vendían, llevaban el precio y lo ponían a los pies de los apóstoles».
Y sin embargo, Benegas Lynch sin dudas prefiere a las palabras del evangelista Lucas las de Malthus, que era pastor anglicano a comienzos de la revolución industrial, y teorizó como economista y demógrafo.
Para dejar constancia del agotamiento que le producen los sermones, Bertie sugiere que el Estado deje de financiar a la iglesia católica, y que los mismos católicos no aporten fondos hasta que la iglesia corrija "desviaciones ideológicas".
Como suele ser habitual en los libertarios, Bertie habla en nombre del "pensamiento correcto", que identifica con el suyo y que visto desde afuera parece usurario: “No solo es correcta la suspensión de todo financiamiento estatal a la Iglesia Católica que pagan injustamente devotos de otras religiones, sino que los propios católicos deberíamos dejar de financiarla y de asistir a misa hasta que las homilías vuelvan a contener el correcto mensaje de Cristo”. Y para rematar, pide defender a la iglesia de "infiltraciones comunistas”.
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