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Caleidoscopio
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El jaguar en el centro del mundo

Tradiciones ancestrales tenaces, que la modernidad no disolvió, aluden a una tierra sagrada, a un "centro del mundo" o a centros particulares, entre ellas a una cara a los occidentales, que la consideran excepcional: la tierra de Israel y del pacto de Yahvé con su pueblo.

La tierra santa, que aparece en las leyendas siempre con aires de maravilla, ha sido en distintos tiempos la Atlántida; el reino del Preste Juan; el castillo de Camelot; la isla de Ávalon (país de las hadas, palabra relacionada con Apolo); el Montsalvat del ciclo del rey Arturo, donde tenía lugar el sacrificio del Grial; la isla de Ogigia que menciona Homero; la isla de Thule de los antiguos germanos; el monte Meru de los Vedas; el Olimpo donde habitaban los dioses griegos; monte Qaf que en el Islam es el lugar donde desciende al inicio de cada era la legendaria ave Fénix.

En nuestra América, que los pueblos originarios decidieron llamar Abya Yala, lo sagrado, lo que confiere significación transcendente, está ante todo en la vinculación con la naturaleza y en la aceptación reverente de los ciclos universales.

En toda Abya Yala las selvas, los ríos, los montes, los lagos no están disminuidos a recursos explotables; son entidades vivas portadoras de sentido.

En América del norte los aborígenes tuvieron varios "centros del mundo", como las "colinas negras" de los sioux. En Sudamérica también hubo varias tierras santas. Quizá el territorio de Entre Ríos fue una de ellas, porque según leyendas desgraciadamente ya muy borrosas, era tierra privilegiada de culto del yaguareté (jaguar).

Para los guaraníes y en general los pueblos de las tierras bajas, el centro del mundo se relacionaba con el culto al jaguar, que era guardián de la selva y símbolo de los ciclos naturales, de la biodiversidad y del equilibrio de los biosistemas. Era garantía de la cohesión social

El jaguar estaba vinculado en las concepciones de los originarios con los ciclos del mundo, con el sucederse de las eras y también con el crepúsculo. En una notable similitud con el Ra egipcio, el jaguar simbolizaba el sol. Al atardecer iba camino del reino de los muertos, que atravesaba durante la noche para reaparecer al alba con la gloria del día.
Las tendencias depredadoras, quizá innatas en la especie homo sapiens, están exaltadas en la modernidad que arrasó con los límites que imponía la creencia en la sacralidad de la naturaleza, que tenía en el centro su punto de irradiación.

El culto central del jaguar remonta al origen del poblamiento de nuestro continente y está presente en las culturas más desarrolladas, como la incaica, y en los pueblos de la selva y la llanura.

Entre los habitantes ancestrales de este territorio, el jaguar era un lazo arrojado de lo natural a lo divino, a lo espiritual ilimitadamente significativo.

Los indígenas están en peligro de desaparecer tras cinco siglos de dominación y con ellos los jaguares y su significación.

Un grupo de antropólogos participó de una ceremonia de los wichí. “Con ellos participamos de una ceremonia especial, en el río Pilcomayo, límite con Paraguay, en un lugar considerado paso del yaguareté. En esa playa arenosa y extensa, los chamanes Lutchej e Itseñey, cantaron y danzaron alrededor del fuego, invocando al espíritu yaguareté para que siga persistiendo en este mundo“

La persistencia del jaguar es sencillamente la supervivencia del pueblo, ya que sin centro sagrado pierde la identidad y los que quedan se disuelven entre los gentiles.
De la Redacción de AIM.

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