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Caleidoscopio
Caleidoscopio

El mercado y las necesidades

Carlos D´Amico fue gobernador de Buenos Aires entre 1884 y 1887. Estaba muy completamente en el llano cuando escribió un librito de memorias y análisis de la política de su tiempo en una prosa elegante y precisa.

Narra allí una anécdota que ilustra sobre la idiosincrasia del gaucho. En una estancia habló con un trabajador dirigiéndose a él como "señor". El hombre lo atajó con tristeza. "No me diga señor, yo soy un peón; señor era el gaucho". Era una síntesis de la reducción a la servidumbre de los pobladores de la pampa, que no olvidaban el pasado de libertad y señorío que había quedado atrás.

No ha habido en la Argentina nadie más libre que los gauchos, señores de sí mismos a diferencia de los peones, que podrían tener alimento y seguridad mientras estuvieran al servicio del patrón.


Y sin embargo, aquella condición soberana que los gauchos no cambiaban por nada, venía acompañada por consumos ínfimos, que podían agenciarse visitando de vez en cuando la pulpería.

En la pulpería, a cambio de unos cueros, obtenían algo para los “vicios”: el tabaco, la yerba, unos tragos y nada más. Los gauchos eran austeros, ascéticos. Si todos fuéramos como ellos, la civilización basada en el consumo cesaría porque se quedaría sin asunto, carente de interés, un artefacto curioso de un pasado extraviado que no conviene reanimar.

Entre las necesidades más genuinas están las derivadas de la vida de relación. Un niño a quien nadie nombra ni acaricia puede desarrollar enfermedades por carencia de afecto que se hubieran evitado sin ningún uso de la energía física, pero poniendo en juego cualidades que tienden a adormecerse y a parecer superfluas.

Las necesidades físicas serían las primeras, y las de relación posteriores, pero no es preciso jerarquizar en este ámbito, porque todas están presentes siempre.

En el caso de las físicas, el enorme exceso de nuestra civilización ha producido autómatas ligados a aparatos sin los que no se sienten capaces de vivir o al menos suponen que de ellos depende la felicidad.

Ha creado generaciones de aplastados por bienes inservibles o destruidos por drogas peligrosas que han entrado en los circuitos del consumo.

Las necesidades reales son las de alimento y abrigo, la seguridad, la disminución del riesgo de enfermedades, la compañía, desarrollar la creatividad, tener reconocimiento, ejercer control sobre la propia persona.

Todas estas necesidades se pueden satisfacer con enorme consumo de energía o casi sin consumo.

Los alimentos pueden venir de la caza o la pesca, como hacían los hombres del paleolítico, que eran mucho más felices que nosotros, y solo perdieron la felicidad cuando conocieron la civilización moderna, o mediante la agricultura industrial inspirada por Monsanto o Syngenta.

La seguridad se puede conseguir viviendo en armonía con el medio, sin ver peligros donde no debe haberlos y estableciendo relaciones recíprocas con los demás sin competitividad ni caer en tentación de superarlos.

Otra manera de conseguirla, mucho más engorrosa y menos rendidora, es pagar centinelas y compañías privadas de seguridad, aislarse en los ghettos que son los barrios cerrados donde queda anulada la perspectiva existente en otras sociedades de practicar favores mutuos o ayudarse cuando sobreviene una desgracia.

Elegir el final
Los dinosaurios no eligieron su ruina hace 60 millones de años, cuando un meteorito grande como el Everest cayó en Yucatán y terminó con ellos y con el 75 por ciento de la vida en la Tierra.

Pero nosotros, que nos suponemos mucho más inteligentes que los dinosaurios, terminaremos como ellos si no moderamos el uso suicida de la energía.

El agotamiento de las fuentes de energía por un uso fundado en el consumo de cosas inútiles recomendado por la publicidad, es uno de los puntos en que si no hay cambio voluntario, consciente, ordenado, habrá un cambio impuesto por las circunstancias en condiciones que no podremos elegir, tal como los dinosaurios no eligieron su ruina.

La publicidad, ubicua en el mundo moderno, no sugiere comprar algo en caso de necesitarlo, porque entonces muy poco comprarían los que escuchan sus consejos, que jamás a invitan a dialogar con amigos para calmar los nervios o aliviar la angustia, antes aprovecharán para recomendar psicofármacos.

Las necesidades que no brotan del estómago brotan de la fantasía, y para estimular la fantasía consumidora está la publicidad, que induce a comprar lo innecesario.

A nadie hay que decirle que debe respirar o dormir, pero sí que necesita por ejemplo comprar tal marca de desodorante para ser irresistible en los lances de amor.

Hay economistas que dicen que lo necesario es lo tiene demanda; pero no dicen que para mantener esa demanda es preciso un aparato publicitario enorme, que genera necesidades fantasiosas que quedarían en el olvido tan pronto cese el bombardeo publicitario.

La energía desbaratada
La producción de inutilidades no se sostiene sin un gasto enorme e inútil de energía, como tampoco la publicidad, y sin ellos no se sostiene la civilización moderna, que es casi por completo, y cada vez más, producto de un monumental engaño.

Finalmente, hay marginales a los que la publicidad invita a la mesa y a consumir mil cosas de mil formas; pero los expulsa sin piedad si osan arrimarse.

Es preciso distinguir lo superfluo, lo insustancial, lo innecesario, de las necesidades genuinas, limitarse a éstas y no llevar al paroxismo el uso de los bienes naturales ni de la energía.
La propaganda comercial es proteica, toma mil formas, incluso las del adversario, para cumplir su fin de vender. Se debe beber una marca determinada de agua mineral para proteger los bosques del Chaco, se debe beber un refresco famoso para ayudar a los pobres del Tercer Mundo, se debe cambiar el auto para generar trabajo en las fábricas.

Vivir mejor o vivir bien
Dejando de lado insinuaciones interesadas en mantener un estado de cosas insostenible, hay que distinguir lo que es necesario de lo que no lo es y aplicar los recursos a producir lo necesario para vivir bien, no exceder los límites en busca del “vivir mejor”.

El que vive bien no quiere vivir mejor, un deseo incolmable que en realidad lo lleva a vivir peor justo cuando según las pautas al uso está progresando.

El vivir mejor indica de modo inequívoco un desequilibrio que se suma a otros desequilibrios similares de todos los que ansían “vivir mejor” hasta llegar a un mundo desquiciado en que todos viven mal.

Unos porque quieren consumir y no pueden y otros que pueden pero deben hacerlo aislados y a la defensiva de los terribles peligros de la calle.

El punto de vista que impone la publicidad, que parece indiscutible, no es el único. Durante siglos las sociedades tradicionales han visto la felicidad en reducir el radio de las necesidades, que aumenta inversamente el radio de la libertad, y han consumido sólo lo necesario para evitar las formas de dependencia que llevan a la infelicidad.

La aldea global depende del suministro de información instantánea y que de manera también instantánea -y es un peligro de la velocidad- puede sufrir una catástrofe con solo un virus informático más devastador que otros, o con un fallo en el suministro de electricidad que provoque una reacción en cadena incontrolable, con el corte de internet o con el agotamiento de las reservas de petróleo, o cualquier causa más o menos imprevisible, que demuestre cuán frágil es nuestro mundo.

Se podría definir lo necesario como aquello cuya falta haría imposible la vida digna, con la aclaración que es un mínimo muy variable de cultura a cultura, de época a época, de personalidad a personalidad.

De qué discutir
Las llamadas sociedades desarrolladas no discuten sobre las necesidades sino sobre la producción, las inversiones, las subvenciones.

Las necesidades reales, salvo una mención rápida, han sido eliminadas de los manuales de economía. Tampoco se habla de las necesidades en la escuela ni en las entrevistas televisadas.

El primer paso para suprimir la discusión fue decir que sería muy difícil ponerse de acuerdo pues “eso de las necesidades es muy subjetivo”.

El segundo paso consistió en decir que ya que no hay necesidades objetivas, “se considerará necesario aquello que sea demandado”.

El tercer paso fue invisibilizar el hecho de que una buena parte de la demanda está provocada por la manipulación publicitaria.

“Hágase un amigo” y “Coma a diario” no necesitan publicidad; pero si el agua es accesible y gratuita, será negocio deteriorarla, hacerla escasa e inducir a comprarla en bidones. El mercado convierte todo en dinero, cuantifica y el mismo tiempo descalifica.

Joan Manuel Serrat, que trabajó como tornero y como perito agrícola antes de descollar con la canción popular, contó en una entrevista que abandonó una empresa donde trabajaba de muy joven porque vio que no se trataba de matar a la mosca de la fruta sino de hacerla inmune al veneno para poder vender otros venenos.

El capital sale al campo
La agricultura tradicional, que conserva desde el neolítico los granos de la cosecha anterior para la próxima, es declarada obsoleta y atrasada, palabras que merecen condenación por oponerse al “progreso” y se instala en su lugar la agricultura industrial con venta de semillas que se autodestruyen y prohibición de conservar las de la cosecha anterior.

Al final, todos vivimos pendientes de la necesidad, todos somos “necesitados”, pero no ya al modo de los pobres a los que se aplicaba antes la palabra. Nadie es libre por haber reducido el radio de sus necesidades. Ahora la libertad consiste en la tarea imposible de satisfacer todas las necesidades, las reales que son pocas y la imaginarias que son interminables.

El poder del deseo
Ya los antiguos conocían el poder deletéreo del deseo pero quizá no supusieron que caeríamos en la paradoja de considerar a las sociedades más ricas como las más atacadas por la insatisfacción crónica provocada por el gran esclavizador que es el mercado.

Algunos ejemplos de cómo una mejora se convierte en esclavitud son los automóviles. En las grandes cuidades ya no se puede ir caminando ni siquiera a la panadería y en los Estados Unidos el que usa sus piernas cuando todos usan el auto es un marginal.

El auto se convirtió en una necesidad, lo contrario de una libertad. En la medida en que el auto se convirtió en necesario, esclavizó.

Los zapatos fueron inventados como una alternativa a andar descalzo. Hoy, quien anda descalzo es un mendigo y encuentra quien diga, llena de piedad “piececitos descalzos, cómo os ven y no os cubren, Díos mío”, con lo que el sentimentalismo marcha en la dirección del mercado.

Finalmente, la crisis de la energía impondrá la necesidad de limitarse, con la que los consumistas no quieren saber nada. Posiblemente una alternativa a la destrucción sin misericordia sea ver como satisfactorias cosas que lo fueron pero de la mano de la publicidad ya no lo son y admitirlas de nuevo porque hacen posible un mundo sostenible.

Fuente: De la Redacción de AIM.
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