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Caleidoscopio
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El se humano es una parte del universo.
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La consciencia, hoy y siempre

Erwin Schrödinger, premio Nobel de física de 1933, fue uno de los impulsores de la mecánica cuántica hace más de un siglo. De sus ideas deriva una consecuencia largamente asordinada aunque nunca abolida: la unidad de la conciencia como fundamento último de todo lo que solemos considerar "real".

El tema excede largamente a la física; muchos físicos se desentienden de lo demás y se limitan prudentemente a sus cálculos: más al "cómo" y sobre todo al "para qué" que al "qué". Dejan a otros la "desprestigiada metafísica" (Antonio Machado invitaba a observar hasta dónde llega el desprestigio). La metafísica, a pesar del relegamiento, vuelve una y otra vez y pretende hacerse escuchar en el medio del foro.

Por amor
Schrödinger, gran amante de las mujeres, era profesor de la Universidad de Berlín en 1933 cuando huyó a Inglaterra ante la creciente la presión nazi. Personalmente no era perseguido, pero quería mantener la relación secreta con la mujer de un colega, el que sí estaba en riesgo.

La consciencia –dijo- nunca ha sido experimentada en plural, solo en singular: es una, no aparece nunca como dos. "Los amantes, al contemplarse uno en los ojos del otro, saben que su alegría y su pensamiento son numéricamente uno, no meramente similares o idénticos".

Schrödinger atribuyó la idea de pluralidad, de la que es tributario casi todo el pensamiento occidental, a que la conciencia de cada uno está unida a una región limitada de materia: el cuerpo.

Por esta vía, el occidente moderno inventó como plausible la pluralidad de conciencias como correlato de la pluralidad de cuerpos: una conciencia para cada cuerpo, un alma personal. Desde que se creyó en almas individuales se aplicó a la idea los prejuicios en boga. Se negó el alma a los animales, se preguntó si las mujeres tenían alma, se animaron los objetos, se atribuyó "animismo" a los "primitivos" y otras aberraciones del mismo origen.

Con otros ojos
En el Oriente tradicional las cosas eran diferentes: el Aitareya Unanishad, por ejemplo, propone para la meditación esta sentencia: "El Absoluto es pura consciencia". Y ya en el siglo IX, el máximo codificador del Vedanta, Sri Shankara Charya, resumió: "el absoluto es la única realidad, el mundo es "fenómeno-ilusión". La realidad suprema es indiferenciada y sin propiedades, pero para las formas inferiores del conocimiento el mundo fenoménico parece real. A estas formas inferiores pertenecen dios, las religiones y también la ciencia".

Schrödinger recalcó que esta pluralidad ilusoria fue tan sugestiva que hizo presa de la mayoría los filósofos occidentales. Sostuvo que la experiencia inmediata no nos revela ninguna pluralidad de conciencias sino la unidad de la consciencia. Y esto porque la pluralidad es una ilusión, como la que se produce respecto del cuerpo en una galería de espejos.

La pregunta fundamental "¿quién soy yo?" lleva a identificar la consciencia una que no admite dos con la consciencia universal que jamás se pierde ni de multiplica, que no crece ni decrece. "En ningún caso habría que deplorar la pérdida de una existencia personal. Jamás habría que lamentarla", dijo en una conferencia dirigida a damas ricas en Viena, que quizá se sintieron desvalorizadas en la democrática igualación ante la muerte.

Después de larga ausencia
Casi un siglo después del desarrollo de la ecuación de ondas de Schrödinger 1926, la física teórica vuelve sobre la idea de que la consciencia es la fuente que da forma a la energía y por tanto a la materia, aunque se trata de una cuestión ardua, en la frontera de lo que llamamos "realidad".

Sorprendentemente, el llamado en física cuántica "experimento de la doble rendija", parece demostrar que las partículas subatómicas -electrones, protones, neutrones, los constituyentes del átomo- solo se comportan como partículas cuando son observados, porque de lo contrario no existen sino como probabilidades de partículas futuras.

Tan pronto un electrón es observado con un aparato especial, del que hoy disponen los científicos, la función de onda que cuantifica la probabilidad de encontrarlo en un lugar del espacio se concreta, "colapsa", y da lugar a una partícula con una localización específica en el espacio y el tiempo.

Sin embargo, la física clásica, vista la necesidad de admitir las ideas cuánticas, negaba que las paradojas, los resultados "antiintuitivos", se aplicaran a objetos de la magnitud habitual en nuestras vidas cotidianas, como casas, animales o nuestros propios cuerpos. Esas paradojas contrarias al sentido común -como que una partícula sea a la vez onda y materia y pueda ocupar simultáneamente dos lugares diferentes- debían quedar encapsuladas en lo pequeñísimo.

Pero no quedaron allí sino se derramaron sobre el paisaje como el agua de un dique quebrado, porque según otro fundador, Werner Heisenberg, la teoría cuántica no es una mera evolución sino una ruptura dentro de la ciencia.

Una demostración desconcertante
En 1999 el físico Anton Zeilinger y su equipo de Viena adaptaron el experimento de la doble rendija y lo repitieron con moléculas grandes en vez de partículas subatómicas. Eligieron el fulereno, una molécula con 60 átomos de carbono, esférica como un balón de fútbol, formada por anillos de carbono pentagonales y hexagonales. Resultó que la molécula, que por su tamaño respetable debía estar a salvo de las paradojas cuánticas, se comportaba como las partículas subatómicas cuando era observada.

Posteriormente el equipo de Zeilinger obtuvo el mismo resultado con moléculas orgánicas asimétricas como tetrafenil porfirina, compuesta por más de 100 átomos. No sólo los electrones sino los demás componentes de la materia y de los seres vivos pueden existir en estado de no localidad, aunque la existencia sin algunas de las dimensiones que para nosotros le son inherentes, es más virtualidad que existencia.

Pero justamente la capacidad de pasar de la virtualidad de no tener algunas o ninguna dimensión -y ser información sin irradiación de energía- a la realidad de tenerlas todas es lo que determina el comportamiento incomprensible, “irreal”, que iluminó la mecánica cuántica.

Resulta entonces que el mundo se comporta como un fluido ambiguo mientras no lo observamos, porque cuando lo hacemos nuestra mirada lo congela instantáneamente y lo vuelve realidad material.

El campo unificado
Pero, ¿de dónde salen esas ondas de pura potencialidad que serían la base de todo lo que existe? Los físicos cuánticos le han dado muchos nombres a esa fuente prodigiosa: escala de Planck, orden implicado, estado del vacío, función quantum de ondas, campo del punto cero, campo M o campo unificado.

En la medida en que podemos representárnoslo, es un océano de potencialidad que contiene todas las posibilidades, no solo las partículas sino las fuerzas mueven lo que existe.

Este océano de plenipotencialidad recuerda por lo menos a la posibilidad infinita que en las tradiciones de muchos pueblos de todo el mundo se llama desde tiempo inmemorial por otros nombres: Realidad, Verdad, Absoluto, Infinito, No Ser. Es todo lo que podamos pensar y experimentar: lo manifestado; pero también lo que nadie puede pensar, un océano a la manera de ondas de probabilidad prontas a sufrir un rigor mortis instantáneo apenas lo observamos.

Los planetas, los árboles, la gente, los animales, los átomos, serían únicamente ondas de vibración del campo unificado subyacente, que es el manantial de todas las leyes de la naturaleza, la Razón que buscaba Einstein detrás de los fenómenos. Es potencial puro que sostiene a las partículas y a todo en el universo. De eso estaríamos hechos.

El campo unificado no se puede medir ni ver, por eso no es posible probarlo, pero presuponerlo permite hacer predicciones precisas, imposibles sin tomarlo en cuenta. En física no tiene sentido algo que no se pueda medir o que no tenga consecuencias lógicas verificables. En este caso, son las consecuencias las que abren una ventanita por la que hasta los cientificistas más metódicos pueden ver algo.

A dos décadas del siglo XXI hay físicos teóricos que hablan del campo de pura conciencia y plena potencialidad. El ser humano, como sospechaba Einstein hace un siglo, es una parte del todo llamado universo, que se experimenta como si estuviera apartado del resto.

De la Redacción de AIM.

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