El ensayista argentino Norberto Galasso, que cumplirá 90 años en julio próximo, se incluyó entre los historiadores académicos; pero aclaró que ellos no pretenden monopolizar la verdad. Alivio. Pero poco después volvieron las dudas, porque dijo que los científicos como él han llegado a saber esto: "la verdad no existe". Nada que monopolizar.
Se le impuso entonces la necesidad de dar algún sentido, fuera de la verdad, a los estudios históricos, que parecían en riesgo de convertirse en fábulas. Aclaró: se trata de la construcción de relatos que son expuestos a la consideración general para decidir si están dentro de lo que puede decirse.
Seguramente con esta extraña definición no apuntó al visto bueno de la censura ni quiso hacer un guiño a alguna autoridad decisoria o arbitraria, sino buscar una especie de "consenso" en que los propios académicos serían los más autorizados. Un sustituto de la verdad, diluido homeopáticamente para usos sociales y políticos.
El lucha de Galasso con los relatos tiene raíz histórica e ideológica. Sostiene -sin que nos atrevamos a dudarlo- que ciertos sectores de la historiografía académica tradicional (la historia liberal-mitrista) han pretendido monopolizar el relato en la Argentina.
Para Galasso esta corriente presenta su visión del pasado como la verdad misma, ocultando la intención política.
La historia liberal mitrista es en la Argentina la historia oficial, un relato que disfrazado de verdad baja desde el poder a la masa de los educandos.
Contra el relato político del poder, la verdad oficial, Galasso esgrime otro relato, el nacional y popular, el suyo; pero deja a la verdad sin voz ni voto.
Aclara que no pretende reemplazar un monopolio con otro (con la verdad mirando de lejos), sino ofrecer un intercambio democrático que salve los baches de la historia oficial.
Algo similar pretendía hace tiempo un psicólogo que reseñaba las teorías de su ciencia, que se multiplicaban generosamente. Decía que una en particular, la suya, estaba sometida a un escrutinio permanente, de modo que si la mayoría la aprobaba, conservaba la existencia; si perdía mayoría, perdía la vida. Nada más democrático, salvo por el hecho de que se trataba de voto calificado, reservado a especialistas. Queda por averiguar si a la verdad se llega por votación.
El relato histórico, para Galasso, es entonces uno de los relatos "posibles" con la sola condición de respetar los hechos, que por supuesto nunca hablan por sí mismos: siempre tienen la voz de las interpretaciones, entre ellas la privilegiada les da el poder.
Galasso se refiere sin duda a un tipo de relato posible que se trata de compatibilizar precariamente con otros considerados de antemano también posibles.
Pero el vasto universo de los posibles, relatos y en general todo lo que existe y podría existir, según una idea de Leibnitz, están contenidos todos en la verdad metafísica, que no se puede definir pero se puede aludir como el campo de las posibilidades sin fin.
Galasso no tiene en cuenta, ni tiene porqué hacerlo, la verdad como la totalidad de los posibles, sino cierto ajuste de los hechos al relato, ajuste que considera imposible. Por este camino se le impone negar la verdad.
Se trata de una claudicación de la inteligencia con alguna razón porque un imposible, una mera nada, una nulidad sin sentido, es rigurosamente "inexistente" y no puede ser tomada en cuenta.
En cambio sus propios relatos y los de los adversarios, aunque sean falsos, no son inexistentes y son parte de la totalidad que se llama por otro nombre "verdad".
De la Redacción de AIM.
Dejá tu comentario sobre esta nota