Cada 17 de agosto la Argentina recuerda al general José de San Martín, fallecido en 1850. Más allá de su papel como Libertador y de las grandes campañas militares que marcaron la historia sudamericana, existe una faceta más íntima: la de padre. En 1825 escribió para su hija Mercedes una serie de máximas sobre la verdad, el respeto, la solidaridad, la humildad y la libertad que, más de dos siglos después, mantienen una llamativa actualidad.
José de San Martín ocupa uno de los lugares centrales de la historia argentina. El Cruce de los Andes, las campañas libertadoras y su participación decisiva en los procesos independentistas de Argentina, Chile y Perú forman parte de una trayectoria ampliamente conocida. Murió el 17 de agosto de 1850 en Francia, fecha en la que cada año se conmemora su paso a la inmortalidad.
Pero detrás del militar y del hombre público existió también un padre preocupado especialmente por la educación de su única hija, Mercedes Tomasa San Martín y Escalada, la recordada Merceditas.
Consejos de un padre a su hija
Mercedes nació en Mendoza el 24 de agosto de 1816, hija de San Martín y María de los Remedios de Escalada. Durante sus primeros años estuvo separada de su padre debido a las campañas militares que este encabezaba y, luego de la muerte de Remedios, volvió a reunirse con él.
En 1824 ambos partieron hacia Europa y, un año después, mientras se encontraba en Bruselas, San Martín escribió una serie de consejos destinados a orientar la educación de la niña. El manuscrito original de las conocidas “Máximas para Merceditas” se conserva actualmente en el Museo Mitre.
No eran indicaciones vinculadas con grandes gestas ni estrategias militares. San Martín puso el acento en cuestiones mucho más cotidianas: cómo relacionarse con los demás, decir la verdad, respetar lo ajeno y vivir con sencillez.
Verdad, solidaridad y respeto
Entre las enseñanzas aparece una idea que resulta especialmente llamativa por su sensibilidad para la época: “Humanizar el carácter”, incluso frente a los animales e insectos. También le aconsejaba cultivar el amor por la verdad y el rechazo a la mentira.
Otro de los puntos estaba dedicado a la relación entre padre e hija: buscaba generar confianza y amistad, pero sin perder el respeto.
La solidaridad ocupaba igualmente un espacio destacado. San Martín pretendía estimular en Mercedes la caridad hacia quienes tenían menos recursos y enseñarle a tratar con consideración a pobres y ancianos.
También le pedía respetar la propiedad ajena, saber guardar un secreto y desarrollar tolerancia frente a las diferentes religiones.
Lejos de fomentar las apariencias, otro de sus consejos proponía valorar el aseo pero despreciar el lujo, una enseñanza coherente con la austeridad que tradicionalmente caracterizó al Libertador.
Enseñanzas que atravesaron dos siglos
Leídas desde el presente, muchas de aquellas máximas sorprenden por su sencillez. No hablan de éxito económico, reconocimiento social ni poder. El eje está puesto en formar una persona respetuosa, solidaria, confiable y capaz de convivir con otros.
También permiten conocer una dimensión diferente de San Martín. El Instituto Nacional Sanmartiniano destaca que la educación de Mercedes fue una preocupación constante durante aquellos años: seguía sus estudios, se interesaba por sus progresos en idiomas, dibujo y música y mantenía correspondencia con amigos en la que hablaba frecuentemente de su hija.
Aquel vínculo se mantuvo durante toda la vida. Mercedes formó posteriormente una familia junto a Mariano Balcarce y acompañó a su padre durante sus últimos años. Estuvo junto a él hasta su muerte, ocurrida en Boulogne-sur-Mer el 17 de agosto de 1850.
San Martín, más allá del prócer
A más de dos siglos de aquellas palabras, las Máximas para Merceditas permiten acercarse a San Martín desde otro lugar.
El hombre que organizó ejércitos, atravesó los Andes y protagonizó algunas de las páginas fundamentales de la independencia sudamericana también se detuvo a pensar qué clase de persona quería que fuera su hija.
Y entre todos los valores que podía transmitirle eligió algunos bastante simples: decir la verdad, respetar a los demás, ayudar a quienes lo necesitan, vivir sin ostentaciones y aprender a convivir con quienes piensan o creen de manera diferente.
Tal vez allí esté una de las razones por las que aquellas máximas escritas en 1825 todavía pueden ser leídas, más de 200 años después, como algo más que una curiosidad histórica.
Redacción AIM
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