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Caleidoscopio
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¿Quién puede cambiar la vida?

Arthur Rimbaud, el gran poeta simbolista francés que abandonó la literatura a los 19 años, propuso: "hay que cambiar la vida". Muchos políticos, sobre todo los que se adscriben al "progresismo" han tomado la frase como consigna aunque las intenciones de Rimbaud sin duda no eran políticas.


Tratemos de averiguar qué condiciones debe reunir el que pueda cambiar la vida, y con qué herramientas podría cumplir una tarea que parece sobrehumana.

En principio, una valoración somera de los políticos será útil. En el libro de Chuang Tse, un campesino, después de hablar con un político de la ciudad y de rechazar las lecciones que pretendía impartirle sobre cómo cultivar su huerta, lo despide así: "señor, no sabes gobernar tu casa y quieres gobernar el mundo. ¡Déjame en paz!

Más de dos milenios después, en medio del estrépito desconsiderado de las campañas políticas, el valor de la paz sigue presente y los proyectos personales mal calculados de los políticos, también. Los costos actuales de la propaganda para imponer figuras políticas tan desconocidas antes como después de la campaña se cargan a los que las sufren.

Además, cuando las posibilidades de los candidatos alcanzan su nivel, que ellos no deberían desconocer salvo que no se conozcan a sí mismos, los contribuyentes son también los encargados de pagar la limpieza, si es que los perdedores alguna vez se acuerdan de que ensuciaron, o llegan a considerar que sus imágenes demasiado juveniles, retocadas y compuestas, más reveladoras que lo que ellos quisieran, mejor harían en desaparecer o en no haber aparecido nunca.

Recordemos para seguir la averiguación el punto de vista de Jean Klein. Médico y musicólogo húngaro, un día dejó todo y se fue a la India, convencido de que debía haber algo invariable más allá del devenir, un punto que ofreciera certeza. Lo encontró en un advertimiento súbito en la costanera de Madrás y volvió a Occidente transfigurado. Se radicó en los Estados Unidos y hasta su muerte escuchó con paciencia ilimitada a gente que venía a pedir su consejo, segura de encontrar una orientación que les faltaba y que no había en otra parte.

Uno de sus interlocutores, preocupado por cuestiones sociales, le preguntó cómo podía aportar paz al mundo. "Antes de dar paz a tu entorno, debes estar en paz contigo mismo. En tanto haya un ego habrá guerra y será inútil pretender poner fin al conflicto a nivel social".

No hay solución política antes de que cada político se ponga a tono con la misión que parece haber asumido, de la que está siempre lejos. El que no consiguió primero su propia paz, que irradia por sí misma sin esfuerzo, es un cómplice del sistema social que quisiera cambiar, porque cada cosa que haga sin armonía contribuirá a perturbar el mundo que quiere pacificar.

En nuestro medio político tenemos abundantes ejemplos de personalidades desapacibles, conflictivas, incorrectas, chirriantes, que no obstante están bien pertrechadas teóricamente, al punto de que convencen a los que no pueden ver la capacidad de daño que sin embargo no dejan de evidenciar. Una capacidad que es casi siempre inconsciente, y que lejos de atesorar hay que dejar que se pierda en la nada.

Nadie que haya hecho un culto del ego como nuestros políticos, capaces de ensuciar con sus fotografías el país entero y de mostrar sus figuras una y otra vez en cuanto medio gráfico son capaces de pagar, puede tener paz ni ofrecer una influencia pacificadora; no puede ser ejemplar ni siquiera digno de confianza.

Solo los que mediante una dura ascesis han anulado su ego, cosa en que por acá nadie cree y parece solo para santos, conocen la libertad y la seguridad invariables. Sin ellas no hay libertad social ni política sino reincidencia en los mismos problemas una y otra vez con diferentes abordajes que no tardan en agotarse y se repiten incansablemente.

"La libertad no puede venir nunca a través de un sistema", sostiene Klein. Y se explica: la realidad última, la experiencia global donde alumbra la libertad, no es sistematizable porque es infinita.

Los políticos suelen prometer beneficios que derivarían ya sea de sus personalidades, de sus cualidades sobresalientes, de su ideología o de las instituciones. Para conseguir el punto de vista necesario, la personalidad no debe ser promovida sino anulada; las cualidades individuales deben ceder ante las universales y la fe en las instituciones es tan vana e ilusoria como esperar de personalidades providenciales. "Los ideales pueden llevarte a la guerra, pero al momento de luchar ¿dónde están los ideales? pregunta Klein. Y para marcar la naturaleza de las influencias, dice: "Cuando respiras, el mundo entero se ve afectado por tu inhalación y exhalación. De la misma manera, cuando vives en paz, irradias paz". La paz irradiada en silencio por seres en armonía alcanza de modo definitivo a los que solo pueden ser víctimas transitorias de la propaganda política.

Quien abandonó su ego y puede asumir el punto de vista de la totalidad sin límites deja también atrás el punto de vista parcial. Ya no ve las cosas como docente, empleado, hombre, comerciante, banquero, mujer, mendigo o gobernante. Las acciones que se emprenden desde cualquier punto de vista parcial, por ejemplo el político, nunca dejan de tener residuos ni de generar rechazos y resistencias porque necesariamente enfrentarán a otros puntos de vista también parciales.

El equilibrio está solo en la totalidad, nunca en la parte, ninguna acción parcial puede alcanzarlo. Quien quiera contribuir a cambiar el mundo, primero debe obtener un punto de vista que permita la acción sin residuo.

Klein establece tres estadios: desde el punto de vista del cuerpo y los sentidos, el mundo aparece como percepción sensorial. Desde el punto de vista de la mente, es "cosa mentale". Solo desde el punto de vista de la conciencia impersonal es conciencia. "Nunca podrás cambiar el mundo desde el punto de vista personal. Solo puedes cambiar la sociedad desde lo impersonal, desde la consciencia". El que permanece atado a una individualidad e insiste en transformar la realidad, incluso de buena fe, es cómplice involuntario del sistema social que aspira a transformar y seguirá atado a él como perro a la cadena, así lo odie o lo ame.

Pero aquel que ya no está limitado por una individualidad conoce la totalidad por experiencia directa y no necesita consultar a nadie para saber qué hacer o qué no hacer.
De la Redacción de AIM

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