Con 18 años de edad, Etienne de la Boetie expuso en 1540 en Orleans, Francia, en el “Discurso sobre la servidumbre voluntaria”, el origen de las cadenas que ataban a sus contemporáneos, que no obstante creían ser libres y agradecían la libertad a sus opresores.
"Cosa admirable y dolorosa es, aunque harto común, ver a millones de hombres servir miserablemente y doblar la cerviz bajo el yugo, sin que una gran fuerza se lo imponga".
Así aparecía la humanidad ante el joven De la Boetie, que quizá no veía la influencia omnipresente del poder hegemónico, el que teorizó Antonio Gramsci cuatro siglos después.
Maquiavelo había mostrado que el príncipe, para gobernar, debe ser un criminal. Y de la Boetie agregó que si hay gobierno y es criminal es porque los gobernados lo consentimos.
De la Boetie murió el 1562 a los 32 años, posiblemente a causa de la peste bubónica. Su libro fue publicado post mortem por protestantes franceses después de que Miguel de Montaigne, que fue amigo del autor, desistió por prudencia política de incluirlo en su propia obra, respetando el nombre de De la Boetie.
Cuando el poder está en descomposición, como en tiempos previos a la revolución francesa, los poderosos relajan sus reflejos y preparan su ruina aunque quieran salvarse. En tiempos de De la Boetíe era diferente: había gobernantes atentos al peligro, con ojos de águila y olfato de lobo.
Cuando De la Boetíe murió reinaba en Francia Luis XIII y era primer ministro Armand Jean du Plessis, más conocido como el cardenal Richelieu.
En su lecho de muerte, afectado de tuberculosis pulmonar, el confesor lo invitó a perdonar a sus enemigos. Richelieu, fiel hasta el último momento a su condición política, murmuró que nunca tuvo más enemigos que los del Estado.
Combatía a esos enemigos con un celo preventivo implacable, que creía no dejar resquicio para ningún "subversivo"; es decir, para ningún opositor a la monarquía que él servía y de la que se servía.
Cuando tuvo noticia de un manuscrito quizá inconveniente, el "Discurso sobre la servidumbre voluntaria", quiso conocerlo. Sus espías no pudieron encontrarlo, pero un desconocido le ofreció una copia a cambio de cinco monedas de oro, mucho dinero.
Richelieu pagó sin dudar, lo que importaba era conocer el texto para saber qué aberraciones nuevas debía combatir, para desbaratar cualquier plan contra el Estado, su único amigo.
El cardenal tenía razón: De La Boétie demostraba que si hay gobierno, si Richelieu y la monarquía existían, era porque los gobernados lo consentían.
Richelieu fue un espécimen casi puro de realismo político, que atendía solamente a la razón de Estado separada de estorbos espirituales o ideológicos.
A pesar de su condición de jerarca del clero, se alió con los protestantes cuando fue necesario para combatir a la católica casa de Habsburg que reinaba en Austria, enemiga del Estado francés.
El cardenal es un ejemplo de la acción del Estado, en su caso desprovisto de los controles y contrapesos que ideó Montesquieu en El Espíritu de las Leyes y que todavía se sostienen, por lo menos formalmente, aunque crujen en medio de severas tormentas.
La política es una organización criminal para robar a toda la sociedad y luego ofrecer solidaridad. En la política, los mismos que nos roban se ofrecen a ayudarnos a buscar a los ladrones.
Los Estados evolucionaron a partir de bandas de piratas, acostumbrados a correrías por el botín, como los héroes de La Ilíada, pero a pesar de desarrollos divergentes, se mantienen todos fieles en el fondo a su naturaleza original.
A tanto llega el virtuosismo que han desarrollado para alcanzar sus fines, que suponemos que sin Estado, es decir, sin el instrumento que han concebido y perfeccionado para apoderarse de la renta y del alma ajenas, la vida no sería posible.
En poco tiempo, dada la velocidad con que involuciona la modernidad, se ve diversificarse la idea original de los políticos, que siempre presentan como mejora futura lo que es empeoramiento presente.
Cuando el poder está en descomposición, como en tiempos previos a la revolución francesa, los poderosos relajan sus reflejos y preparan su ruina aunque quieran salvarse. En tiempos de De la Boetíe era diferente: había gobernantes atentos al peligro, con ojos de águila y olfato de lobo.
El Discurso de la servidumbre voluntaria tiende a mostrar que incluso contra el instinto que busca el bien propio los hombres demuestran no apreciar la libertad. Los animales se rebelan ante la servidumbre pero los hombres se someten voluntariamente a los tiranos. Asistimos al espectáculo de millones de seres inteligentes que, aun siendo mucho más fuertes que un déspota, se hacen cómplices de él y se ofrecen para ser vejados y expoliados.
Este hecho paradójico se explica, según De La Boétie, por la fuerza de la costumbre que ha pervertido a la naturaleza, haciendo que los hombres no se acuerden de su dignidad.
El mecanismo secreto sobre el que se apoya la fuerza del tirano es la ayuda de pocos cómplices interesados, sostenidos, a su vez, por sus propios sostenedores. Pero estos sostenedores de los tiranos se equivocan en sus cálculos: la historia está llena de ejemplos que demuestran la ingratitud de los tiranos para con sus instrumentos. Es contra los instrumentos de los tiranos contra quienes termina desahogándose el odio de los oprimidos.
El Discurso de la servidumbre voluntaria no distingue entre poder legítimo e ilegítimo, no habla de remedios para mejorar la realidad, no entra a polemizar estas cuestiones.
De La Boetie aparta mucha hojarasca y se lanza de lleno contra la que identifica como fuente de la corrupción, que no ha cambiado mucho en medio de cambios vertiginosos, a veces producidos en lustros, en muchos otros terrenos. Es por eso una obra más actual de lo que desearíamos.
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