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Caleidoscopio
Caleidoscopio

Símbolos del fin y del comienzo

Una concepción que se da invariablemente en todas las culturas tradicionales es que el ser se manifiesta en estados múltiples, hay diversos mundos. Estamos confinados a uno de ellos, pero es posible pasar a otros.

Los indígenas de las praderas norteamericanas se representaban los diversos mundos como una serie de cavernas superpuestas, y pasaban de uno a otro subiendo a lo largo de un árbol central; naturalmente, nuestro mundo es una de esas cavernas, con el cielo por bóveda.

El chamanismo es la modalidad que la religiosidad tomó entre los indígenas de América del Norte; posiblemente llegó con ellos desde Asia cuando entraron en nuestro continente por el estrecho de Bering hace unos 40.000 años.

Al principio, la posibilidad de pasar a otro nivel mediante ciertos ritos estaba abierta a todos, pero luego fue especialidad del chamán, representante de su comunidad ante los niveles "superiores", que podía alcanzar sólo en trance. Y la danza en comunidad era un medio de propiciarlo.

Los hindúes, en los ritos de Agni (el fuego), simbolizaban en la llama el eje del mundo. Un nivel superior estaba representado por el Viento y más arriba estaba Aditya, el sol. El fuego simbolizaba los estados del ser y también la columna de humo que surge de él.

Estos ritos alrededor del fuego son también propios de los indígenas de Abya yala y no se pueden explicar de manera suficiente como mera "adoración del fuego".

En la Divina Comedia del Dante, un gran ejemplo literario occidental, los diferentes mundos se representan como círculos superpuestos y los seres pasan de uno a otro estado según el eje.

Los indígenas de Abya Yala tenían varias clases de postes, representaciones del árbol o del eje, con fines rituales diferentes. Los que debían permitir el paso de un nivel a otro se llamaban "de portal" por considerarlos una puerta al cielo.

En este punto, la simbología indígena es similar a muchas otras del resto del mundo, como la escala de Jacob en la Biblia. De ella los nativos de Abya Yala no tenían ningún conocimiento antes de la invasión europea, pero tenían un símbolo equivalente que aparece también en los Vedas hindúes.

A fines del siglo XIX los sioux, después de milenios de vivir en el paraíso, se enfrentaban a un infierno que no habían conocido nunca, que llegó a las praderas traído por una raza dura y brutal, que había renegado en Europa de sus propias tradiciones, indiferente a las ideas que dan a la existencia un sentido superior y apegada firmemente a la competencia, la conquista y el lucro.

Ante la perspectiva del aniquilamiento, los sioux se entregaron a danzas frenéticas que debían producir el efecto de hacer desaparecer a los odiados hombres blancos y devolverles su antiguo esplendor.

El fin de un mundo
El fracaso de las danzas de los espíritus, que terminaron en matanzas provocadas por el ejército estadounidense, aparece en boca de Alce Negro, un sobreviviente que resume la tragedia:
"Me veis ahora como un anciano lastimoso que no ha hecho nada, porque el círculo de la nación está roto y disperso. Ya no hay ningún centro y el árbol sagrado ha muerto"

El círculo roto y disperso no es ni más ni menos que el fin de un mundo, de uno de los ciclos de la vida. La nación sioux ya no tiene su centro propio.

El árbol sagrado ha muerto, ya no hay posibilidad de alcanzar estados superiores. Los sioux, como los occidentales actuales, cayeron víctimas de la agitación sin sentido, de la angustia sin explicación, de la sensación de acabamiento y decadencia y de estar a un paso de la catástrofe.

Los indígenas de las praderas tenían varias ceremonias diferentes con finalidades también diferentes: el baile del maíz, el de la caza, el de la lluvia y el del sol. Pero todos, a pesar de que se los suele mostrar como separados, estaban unidos por la necesidad previa de alcanzar la armonía, que no es sino el reflejo en cada uno de la unidad del todo.

La armonía, entendida en el sentido tradicional, es recuperar la unidad sintética de la personalidad, que se corresponde con la unidad esencial de la totalidad.

La personalidad puede aparecer transitoriamente dividida en tendencias contradictorias, enfrentadas. Cuando reaparece el ser armonizado se revela como el "Sí mismo" que descubrió el psicólogo Carl Gustav Jung.

Así, ubicados en un punto del eje del mundo, es posible ascender por él a otros estados y ese es el fin que los sioux vieron cortado cuando advirtieron, como dice el lamento de Alce Negro, que el círculo de su pueblo estaba roto y que el árbol estaba muerto.

Morir en paz
El mexicano Manuel Gutiérrez Nájera se refería a los indígenas como seres "secularmente marginados desde el siglo dieciséis y oprimido bajo el yugo de una raza extranjera («superior») que llegó desde la otra orilla del Atlántico envuelta en una aureola casi divina ratificada por las tradiciones mitológicas de los propios indígenas".

Luego, Amado Nervo poetizó "el augurio fatal", la mudez del dios serpiente de los aztecas poco antes de la llegada de Hernán Cortés: "Y entonces, en un vuelo de naves del Oriente, vendrán los hombres blancos, que matan con centellas"

La historia de Mesoamérica recoge palabras de los sacerdotes aztecas a los primeros franciscanos que hablaron con ellos después de la conquista de Hernán Cortés: "ya no tenemos comunicación con los dioses, nos han abandonado; déjennos morir en paz".

Lo que los franciscanos no hubieran reconocido era que a ellos también "dios los había abandonado"; es decir, desde hacía algunos siglos los occidentales estaban recluidos en un mundo restringido, pero dentro de él con las manos libres para hacer y deshacer como viene sucediendo hasta ahora, sin ninguna responsabilidad hacia la naturaleza.

Los sacerdotes aztecas estaban mejor preparados que ellos para reconocer esos signos, porque interpretarlos era su trabajo, pero el caso era que ahora se les habían vuelto oscuros.

Los propios indígenas dan testimonio: atribuían su derrota a una "pérdida de la comunicación", de diálogo con los dioses, que habían enmudecido. Su palabra se había vuelto ininteligible, o bien habían callado.

"La comprensión se ha pedido, la sabiduría se ha perdido", dice el Chilam Balam, el "libro de las cosas ocultas" de la civilización maya, que hace notar que desde antes de llegar los españoles "ya no había un gran maestro, un gran orador, un sacerdote supremo".

El propio texto maya marca que ya no hay profeta capaz de interpretar el verdadero sentido del saber antiguo.

El fraile Diego Durán, en su "Historia de las Indias de Nueva España", dice que los aztecas confesaban que todos sus pedidos dirigidos a los dioses, no tenían respuesta de los oráculos, "teniéndolos por mudos o muertos".

La resignificación de los símbolos tradicionales, como subsisten débilmente en América, donde los aborígenes se aferran por ejemplo a la veneración de la tierra como uno de los polos de la realidad y no como objeto de dominio, es posiblemente la tarea previa a toda reivindicación social, política o económica.

Sin la vivificación de los símbolos que los aztecas consideraban perdidos, ninguna reivindicación será posible ni rendirá frutos duraderos.
De la Redacción de AIM.

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