El buen vivir y el vivir liberal

En el Ecuador antes del gobierno de  Lenin Moreno y el Bolivia antes del golpe que derrocó a Evo Morales, el  sumak kawsay, el  buen vivir andino, había iniciado un  camino de reconocimiento de los complementarios según  una visión tradicional de la vida que expresa la  unidad de las partes en el ayllu y la reciprocidad entre ellas en el ayni.

En Ecuador y Bolivia, el sumak kawsay, el buen vivir andino, había iniciado un camino de reconocimiento de los complementarios según una visión tradicional de la vida que expresa la unidad de las partes en el ayllu y la reciprocidad entre ellas en el ayni.

El economista ecuatoriano Pablo Dávalos  admite que restablecer la ciencia tradicional andina en las mentes modernas es tanto como desalojar de ellas estructuras tenacísimas. Los que  han sufrido el injerto no reconocen más que la ciencia ilustrada, europea, no como la  más prestigiosa sino  como la única posible.

Los economistas en particular tienen dos conceptos  históricamente recientes, que para ellos son eternos: el desarrollo como la finalidad natural de la  historia y el crecimiento que pone a la economía por sobre cualquier otra actividad humana.

A partir de la idea de desarrollo los mismos economistas propusieron dividir los pueblos en desarrollados  y  subdesarrollados, lo que implicaba una clara valoración, adjunta a la recomendación a los «subdesarrollados», no plenamente alcanzados por los beneficios de la ilustración, de una serie de medidas para copiar a los desarrollados y ponerse a su nivel.

El progreso, el gran invento liberal, era equivalente a la libertad porque prometía dejar atrás para siempre a la escasez  y entrar por fin en el mundo de la abundancia. El viejo sueño del país de Jauja reaparece indiscutible como el rey, aunque esté desnudo.

Según Dávalos, el neoliberalismo, más reciente, tomó algunas medidas de perfeccionamiento en las palabras, para evitar mencionar a los «Tigres» asiáticos debido a su olor al odiado Estado. Pero estableció para los «subdesarrollados»  mirar solo a la libertad de los mercados  y dejar librados a su acción  segura todos los problemas, que ante su poder irían cayendo de a uno como los diablos ante la espada de San Miguel Arcángel. En los hechos, era necesario solo mirar al crecimiento del PBI y el resto a la acción de los mercados.

Algunos errores, como el alemán  de André Gunder Frank en los años 60, cuando  notó que en Nuestra América lo único que se desarrollaba eran las condiciones del subdesarrollo, fueron rápidamente puestas en su lugar como desviaciones de la ortodoxia.

El sistema capitalista, llamado «sistema mundo» por el estadounidense Manuel Wallerstein, implica poner en la base de la sociedad un sujeto individualizado y egoísta que vive en un tiempo lineal homogeneizado.  Ninguna de estos presupuestos es compatible con la visión tradicional andina de la vida, que antepone la comunidad al individuo y el tiempo cíclico al lineal.

Los límites de la  discusión en el seno del «desarrollo» son  reveladores. La ortodoxia triunfante fue capaz de tratar con el keysenianismo para luego borrarlo de los manuales. Fue capaz de enfrentar al marxismo tratando de ridiculizarlo al máximo  y declararlo luego vencido y muerto.

Tanto  Marx como Keynes respiraban la misma atmósfera que los liberales, vivían en su misma civilización, no eran ajenos a ella por mucho que  la cuestionaran. Pero lo que no tolera el liberalismo es abandonar los marcos de referencia que permiten comprender el desarrollo.

A diferencia de la física, que admitió a inicios del siglo XX los puntos de vistas paradójicos de la mecánica cuántica  y por esa vía la introducción de ideas orientales, budistas o taoistas, la economía liberal no admite nada que provenga de otra fuente que no sea su propia civilización, su lógica, su ambiente, su pensamiento,   y por ese camino se ha quedado relegada  un siglo en el  mismo desarrollo que le sirve de bandera.

Quizá sea cierta incómoda conciencia de este subdesarrollo donde menos lo esperaba lo que llevó a los neoliberales a extremar los puntos de vista y centrarse solo en los mercados como mecanismos de asignación de recursos y de regulación social. Cualquier otro punto de vista  ya no es tenido en cuenta al momento del reparto del prestigio académico.

Se advierte entonces un estado de confusión entre los que quieren seguir explicando la política con  los conceptos originados en la revolución francesa. Tienen dificultades para discernir  si un partido es de izquierda o de derecha, hablan de fascismo izquierdista y de fasciofeminismo. Favorecen un revoltijo que quizá se ordene considerando las dudas de los neoliberales en la cima y los fines a que no renuncian.

Finalmente, en  los medios de prensa, en  los comunicados de las Naciones Unidas y de las ONG, en las proclamas de los partidos con posibilidades, no hay alternativas al neoliberalismo.

La demostración de Ludwig von Mises de que a través de los precios los mercados son los mejores asignadores de recursos es al mismo tiempo la refutación de las herejías, que han desaparecido del escenario económico.

Hemos alcanzado el punto, según  Dávalos, en que la idea  de los mercados como únicos reguladores sociales, ha acotado de tal manera al discurso de la economía, que se la ha convertido en un dispositivo teórico legitimante de las corporaciones.

En estas condiciones, el mercado es teología  y los saberes alternativos son herejía. El clero que tiene autoridad para separar los probos de réprobos son los economistas liberales.

En «Memoria del Fuego», Eduardo Galeano dice que en 1983, diez años después de la reconquista de Chile, en referencia al golpe que derrocó a Salvador Allende, los chilenos por consejo de Ludwig von Hayek y los Chicago boys «sabían que debían rescar las tripas de las montañas buscando cobre;  y nada más, porque no pueden fabricar ni  un alfiler ya que los de Corea del Sur son más baratos. Cualquier acto de creación atenta contra las leyes del mercado, que es como decir las leyes del destino»

En estas condiciones, Ecuador y Bolivia intentaron recuperar la sabiduría ancestral de los pueblos de nuestra América Abya yala, justo cuando una nueva inquisición condena y ejecuta. Pero la exacerbación del punto de vista único, sin alternativa,   y el malestar que provocan sus abusos e insuficiencias,   son anticipos de un agotamiento que  ya se ve  porque sus resultados reales no se pueden ocultar.

El ejemplo que pone Dávalos es claro: si dentro del sistema de ideas neoliberal  no hay solución para los problemas ambientales que el mismo sistema crea, no será  posibe que la busqueda de alternativas se abra camino aunque se hayan declarado inexistentes. Considera que la humanidad buscará «otras posibilidades teóricas y epistemológicas por fuera de la teoría económica dominante, y por fuera de la razón liberal.»

Para terminar, considera que las la economía actual es una ideología legitimadoras y encubridoras de un etnocidio, y que solo el  sumak kawsay (buen vivir) puede respetar la ontología de la diferencia, y relativizar la modernidad y el capitalismo. El sumak kawsay es una de las opciones que pueden devolver el sentido de dignidad ontológica a la diferencia radical en el actual contexto de globalización y neoliberalismo.

De la Redacción de AIM.