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Cuba bajo asedio: presión energética, amenaza militar y el espejo venezolano

El endurecimiento de la política de Estados Unidos hacia Cuba reavivó un escenario de máxima tensión regional. Con el corte del suministro de petróleo, sanciones indirectas a terceros países y señales de una posible intervención, La Habana se prepara para un escenario de confrontación mientras se agrava una crisis económica y social ya crítica.

La presión de Washington se intensificó tras la operación militar en Venezuela que derivó en la captura del presidente Nicolás Maduro y dejó decenas de muertos, entre ellos personal cubano. Ese antecedente, que fuentes consultadas por este medio describen como un punto de quiebre, impactó de lleno en Cuba al interrumpir el flujo de petróleo venezolano del que dependía una parte sustancial de su matriz energética. Desde entonces, los apagones se multiplicaron, el combustible escasea y la actividad económica muestra signos de parálisis, constató AIM.

En ese contexto, la administración de Donald Trump avanzó con nuevas medidas para cerrar aún más el cerco. A las restricciones financieras y comerciales se sumó la amenaza de impedir por completo el ingreso de petróleo a la isla, incluso mediante presiones sobre países aliados que aún mantenían envíos. En la Casa Blanca deslizaron además la posibilidad de un bloqueo naval, una decisión que remite directamente a la Crisis de los Misiles de 1962 y que vuelve a colocar al Caribe en el centro de una disputa de alto voltaje geopolítico.

El discurso de Trump, que calificó a Cuba como “al borde del colapso”, refuerza una estrategia de asfixia económica orientada a forzar un cambio de régimen. Según información a la que accedió AIM, la lógica es similar a la aplicada en Venezuela: aislamiento extremo, sanciones cruzadas y demostraciones de fuerza militar para acelerar un desenlace político. Lejos de ser un hecho aislado, la ofensiva sobre La Habana aparece como una prolongación del precedente venezolano, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad regional.

Mientras tanto, en Cuba el impacto ya es tangible. La falta de combustible afecta el transporte, la producción de alimentos, las comunicaciones y los servicios básicos. Barrios enteros permanecen a oscuras durante horas y las colas para conseguir gasolina se extienden por días. Embajadas y empresas extranjeras comenzaron a activar planes de contingencia y evacuación ante un escenario que, según especialistas, podría deteriorarse aún más si se concreta el cierre total de la válvula energética, informaron a AIM fuentes diplomáticas.

Frente a la presión externa, el gobierno cubano respondió con una retórica de resistencia. En los medios estatales se difundieron ejercicios militares y mensajes que apelan a la defensa del territorio ante una eventual invasión. La imagen de una población convocada a prepararse para la guerra convive, sin embargo, con una sociedad agotada por décadas de carencias y una crisis que empuja a miles de personas a emigrar.

El giro de Washington vuelve a instalar una lógica de confrontación que parecía superada tras el deshielo diplomático de la década pasada. La estrategia de Trump, centrada en el castigo colectivo y la amenaza militar, no solo profundiza el sufrimiento de la población cubana sino que reactiva fantasmas de la Guerra Fría en América Latina. El antecedente de Venezuela funciona como advertencia: la escalada no garantiza estabilidad ni democracia, pero sí deja un saldo de violencia, crisis humanitaria y mayor polarización, según indicaron a AIM analistas regionales.

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