Cada 4 años pasa lo mismo con el Mundial. Se apagan las noticias de suba de precios. Se silencian los debates del Congreso. Los medios dejamos la tapa de la corrupción para poner la formación titular. Y un país entero se pone la camiseta.
Por Eugenio Jacquemain (*)
No estoy en contra del fútbol. Amo el fútbol. Amo gritar un gol, abrazarme con desconocidos y llorar con un himno. El problema no es la pelota. El problema es para qué se usa la pelota.
El Mundial se convirtió en el mejor distractor que inventó el siglo 21.
Primero: nos roba la agenda.
Mientras discutimos si el 9 tiene que ser titular o si el VAR nos robó, nadie pregunta por qué el sueldo no alcanza. Mientras hacemos encuestas de a qué hora juega Argentina, nadie pregunta por qué el hospital no tiene gasas.
El Mundial dura 1 mes. Pero la distracción dura 4 años. Porque desde que termina uno, ya empieza la eliminatoria para el próximo. Y entre medio, Copa América, Champions, Libertadores. Siempre hay un partido que tape otra cosa.
Segundo: nos vende emociones fáciles.
Los verdaderos problemas de un país no se resuelven en 90 minutos. Arreglar la educación lleva años. La pobreza duele. Discutir el futuro es incómodo.
En cambio, ganarle a Brasil te da felicidad inmediata. Sin esfuerzo. Sin tener que leer, sin tener que marchar, sin tener que votar distinto. Te dan la emoción servida, con relato y repetición en cámara lenta.
Y ojo, la necesitamos. Porque vivimos cansados. Pero cuando esa emoción reemplaza a la ciudadanía, ahí estamos en problemas. Porque un pueblo que solo se une para festejar goles, es un pueblo que se olvida de unirse para reclamar derechos.
Tercero: nos hace creer que somos protagonistas cuando somos espectadores.
Nos hacen sentir que «estamos en el Mundial». Que «nosotros jugamos». Salimos a la calle con la bandera, nos pintamos la cara, y por 30 días sentimos que tenemos poder.
Pero cuando se apaga la tele, volvemos a no decidir nada. Siguen decidiendo por nosotros los mismos de siempre. Los precios siguen subiendo. La inseguridad sigue igual. Solo que ahora todos estamos un poco más vacíos, esperando al próximo Mundial para volver a sentir algo.
Esto no es nuevo. Los romanos ya lo hacían: Pan y Circo. Dale pan para que no pase hambre y circo para que no piense. Hoy el pan es el plan, el subsidio, la cuota. Y el circo es el Mundial, en 4K, con influencers y TikToks.
¿Quiere decir que no hay que mirar los partidos? No.
Miremoslo. Gritaemoslo. Suframoslo. El fútbol es cultura, es identidad, es de lo poco que todavía nos une.
Pero no dejemos que sea lo único que nos una.
No dejemos que sea la única vez al año que nos sentímos parte de algo grande.
Porque mientras nosotros discutimos penales, afuera se firman leyes que nos van a afectar por 20 años.
Mientras lloramos por un gol anulado, nadie llora por las escuelas que se caen a pedazos.
Mientras hacemos una picada para ver la final, hay gente que no llega a fin de mes con la comida de todos los dias.
El Mundial no es el enemigo. El enemigo es usar el Mundial para olvidar.
Un país maduro puede festejar un gol el domingo y el lunes ir a reclamar a la plaza. Puede emocionarse con Messi y al mismo tiempo exigirle a sus políticos. Puede ser hincha y ciudadano a la vez.
Si no, vamos a seguir viviendo de Mundial en Mundial. De ilusión en ilusión.
Y cuando nos demos cuenta, van a pasar 20 años y vamos a seguir igual. Solo que con una estrella más en la camiseta.
Y las estrellas en la camiseta no pagan las cuentas. No curan. No educan.
Así que sí, prendamos la tele. Pongámonos la camiseta. Canemos el himno a los gritos.
Pero cuando se termine el partido… no apaguemos el país.
(*) Editorial Fuera de Juego (Somos Entre Ríos) del 6 de julio de 2026