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¿Por qué Trump decidió atacar Irán?

La decisión estadounidense de atacar Irán fue una victoria para Netanyahu, quien llevaba meses presionando a Trump sobre la necesidad de golpear lo que, según él, era un régimen debilitado.

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, entró en el Despacho Oval la mañana del 11 de febrero, decidido a llevar al presidente estadounidense por la senda de la guerra.

Durante semanas, Estados Unidos e Israel habían discutido en secreto una ofensiva militar contra Irán. Pero los funcionarios del gobierno de Donald Trump habían empezado a negociar recientemente con los iraníes sobre el futuro de su programa nuclear, y el dirigente israelí quería asegurarse de que el nuevo esfuerzo diplomático no socavara los planes.

Durante casi tres horas, ambos dirigentes hablaron de las perspectivas de guerra e incluso de posibles fechas para un ataque, así como de la posibilidad —aunque improbable— de que el presidente Trump pudiera llegar a un acuerdo con Irán.

Días después, el mandatario estadounidense dejó claro públicamente que era escéptico respecto a la vía diplomática, desestimando la historia de la negociación con Irán como meros años de “hablar y hablar y hablar”.

Cuando los periodistas le preguntaron si deseaba un cambio de régimen en Irán, Trump dijo que “parece que eso sería lo mejor que podría ocurrir”.

Dos semanas después, el presidente llevó a Estados Unidos a la guerra. Autorizó un vasto bombardeo militar junto con Israel que rápidamente puso fin a la vida del líder supremo del país, bombardeó edificios civiles iraníes y emplazamientos nucleares militares, sumió al país en el caos y desencadenó la violencia en toda la región, causando la muerte de seis soldados estadounidenses y decenas de civiles iraníes hasta el momento. Trump ha dicho que es probable que haya más bajas estadounidenses mientras Estados Unidos se atrinchera para un asalto que podría durar semanas.

En público, Trump pareció tomar un camino tortuoso hacia la acción militar, alternando entre decir que quería llegar a un acuerdo con el gobierno de Irán y que quería derrocarlo. Se esforzó poco por convencer a la opinión pública estadounidense de que una guerra era necesaria en este momento. Y la limitada argumentación que él y sus colaboradores presentaron incluía afirmaciones falsas sobre la inminencia de la amenaza que Irán representaba para Estados Unidos.

Pero entre bastidores, su avance hacia la guerra crecía inexorablemente, impulsado por aliados como Netanyahu, quien presionó al presidente para que asestara un golpe decisivo contra el gobierno teocrático de Irán; y por la propia confianza de Trump tras la exitosa operación estadounidense que derrocó al líder venezolano Nicolás Maduro en enero.

Esta reconstrucción de la decisión de Trump de lanzar un amplio ataque contra Irán se basa en los relatos de personas con conocimiento directo de las deliberaciones, así como en los de todos los bandos del debate, incluidos diplomáticos de la región, funcionarios gubernamentales israelíes y estadounidenses, asesores del presidente, legisladores del Congreso y funcionarios de defensa e inteligencia. Casi todos hablaron con la condición de mantener su anonimato para poder describir discusiones delicadas y detalles operativos.

La decisión estadounidense de atacar Irán fue una victoria para Netanyahu, quien llevaba meses presionando a Trump sobre la necesidad de golpear lo que, según él, era un régimen debilitado. En diciembre, durante una reunión en Mar-a-Lago, Netanyahu le había pedido al mandatario estadounidense su aprobación para que Israel atacara las instalaciones de misiles de Irán en los próximos meses.

Dos meses después, obtuvo algo aún mejor: un socio de pleno derecho en una guerra para derrocar a los dirigentes iraníes.

El lunes, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, dijo que Trump había tomado una “decisión valiente” al enfrentarse a una amenaza que ningún presidente anterior había estado dispuesto a afrontar.

Pocos en el círculo íntimo del presidente manifestaron su oposición a la acción militar. Incluso el vicepresidente JD Vance, escéptico desde hace tiempo de las intervenciones militares estadounidenses en Medio Oriente, sostuvo en una reunión de la Sala de Situación de la Casa Blanca que si Estados Unidos iba a atacar a Irán, debía “hacerlo a lo grande y rápido”, según personas familiarizadas con sus comentarios.

En la misma reunión, el principal asesor militar de Trump, el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, le dijo al presidente que una guerra podría provocar bajas importantes entre los estadounidenses. Días después, Trump dijo al público que su asesor militar había sido mucho más tranquilizador. Escribió en Truth Social que el general Caine había dicho que cualquier acción militar contra Irán sería “algo fácil de ganar”.

Otros funcionarios gubernamentales fueron igualmente engañosos en sesiones privadas con legisladores. Durante una reunión celebrada el 24 de febrero con el llamado Grupo de los Ocho —los líderes de la Cámara de Representantes y del Senado y los jefes de los comités de inteligencia—, el secretario de Estado Marco Rubio no mencionó que el gobierno de Trump estuviera considerando un cambio de régimen, según personas familiarizadas con sus comentarios.

Tres días después, mientras volaba en el Air Force One hacia un acto en Corpus Christi, Texas, Trump dio la orden de un ataque sostenido que comenzaría con el asesinato del líder supremo.

“Queda aprobada la Operación Furia Épica”, dijo Trump. “No se abortará. Buena suerte”.

La Casa Blanca insistió en que sus conversaciones diplomáticas con Irán no eran mero teatro. Pero a lo largo del mes pasado quedó claro que nunca hubo espacio para un acuerdo que pudiera satisfacer a Trump, a Netanyahu y a los dirigentes iraníes a la vez, o que pudiera aplazar una guerra por más de unos meses.

Las conversaciones no aportaron nada, pero para Trump sirvieron para otro propósito: tiempo para completar el mayor despliegue militar estadounidense en Medio Oriente en una generación y ejecutar, en palabras de Trump, una guerra de “potencia abrumadora y fuerza devastadora”.

En una entrevista concedida el domingo a The New York Times, el presidente dijo que simplemente se convenció de que Irán nunca le daría lo que quería.

“Hacia el final de la negociación, me di cuenta de que no iban a lograrlo”, dijo. “Dije: ‘Hagámoslo de una vez’”.

Reunir a las fuerzas militares
A mediados de enero, cuando Trump amenazó por primera vez con atacar Irán en apoyo de las protestas antigubernamentales que sacudían el país, el Pentágono no estaba en condiciones de librar una guerra prolongada en Medio Oriente.

No había portaviones en la región. Las escuadrillas de aviones de combate se encontraban en Europa y Estados Unidos. Y las bases dispersas por Medio Oriente que albergan a unos 40.000 soldados estadounidenses tenían pocas defensas aéreas para protegerlas de una previsible represalia iraní.

Israel tampoco estaba preparado para la campaña militar que Netanyahu había discutido con Trump durante la reunión en Mar-a-Lago en diciembre. Necesitaba más tiempo para reforzar su suministro de interceptores de misiles y desplegar baterías de defensa antiaérea en todo Israel.

El 14 de enero, Netanyahu llamó a Trump y le pidió que retrasara cualquier ataque militar hasta finales de mes, cuando los preparativos de defensa de Israel estuvieran listos. Trump accedió a esperar.

Los dos dirigentes hablarían varias veces en las semanas siguientes. Netanyahu también se entrevistó con Vance, Rubio y Steve Witkoff, el principal negociador de la Casa Blanca con Irán. Altos cargos militares y de inteligencia israelíes volaron a Washington, y el teniente general Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, se comunicaba regularmente con el almirante Brad Cooper, del Comando Central estadounidense.

A finales de enero, las protestas en Irán habían sido brutalmente sofocadas, pero la planificación de la guerra seguía su curso. El ejército estadounidense le presentó a Trump una amplia gama de opciones, incluido el envío de fuerzas estadounidenses para realizar incursiones en emplazamientos dentro de Irán.

Dos portaviones y una decena de buques de apoyo navegaron hacia Medio Oriente, y el Pentágono envió cazas, bombarderos, aviones cisterna de reabastecimiento y baterías de defensa antiaérea.

A mediados de febrero, el Pentágono había puesto en marcha una fuerza capaz de sostener una campaña militar de varias semanas.

Para ese entonces, Witkoff y Jared Kushner, el yerno del presidente, tenían conversaciones nucleares indirectas con los iraníes, bajo las órdenes de Trump.

Pero había indicios de que el gobierno estaba receloso.

“Tenemos que entender que, en última instancia, Irán está gobernado y sus decisiones están gobernadas por clérigos chiitas: clérigos chiitas radicales, ¿de acuerdo?”, dijo Rubio a los periodistas en Budapest el 16 de febrero. “Esta gente toma decisiones políticas basándose en pura teología. Así es como toman sus decisiones. Así que es difícil llegar a un acuerdo con Irán”.

El mensaje era evidente: aunque las conversaciones versaran sobre el desmantelamiento del programa nuclear iraní, el objetivo podría ser la eliminación de los dirigentes de Irán.

Un momento revelador se produjo cuando Witkoff habló con Fox News en una entrevista el 21 de febrero y describió la reacción de Trump ante la reticencia iraní a aceptar el “enriquecimiento cero”, es decir, a desmantelar su capacidad de producir combustible nuclear.

“Le da curiosidad saber por qué no, no quiero utilizar la palabra ‘capitulado’, pero sí por qué no han capitulado”, dijo Witkoff.

Y añadió: “Por qué, bajo este tipo de presión, con la cantidad de poder marítimo y naval que tenemos allí, no han acudido a nosotros y nos han dicho: ‘Declaramos que no queremos armas, así que esto es lo que estamos dispuestos a hacer’”.

“Sin embargo, es difícil lograr que lleguen a ese punto”, dijo.

Los asesores del presidente tenían claro que estaba considerando seriamente algún tipo de ofensiva militar. La cuestión era la escala de la campaña y qué pretendía lograr exactamente.

Evaluar las opciones
El 18 de febrero, en un día inusualmente cálido en Washington, Vance, Rubio, John Ratcliffe, director de la CIA, y Susie Wiles, jefa de personal de la Casa Blanca, se reunieron con Trump en la Sala de Situación para discutir la planificación militar.

Durante la reunión, el general Caine discutió una serie de opciones, entre ellas que las fuerzas estadounidenses podrían ejecutar un ataque limitado como forma de presionar a Irán en las negociaciones, o una campaña de mayor envergadura con el objetivo de derrocar al gobierno. Caine afirmó que esa última opción en particular conllevaba un alto riesgo de bajas estadounidenses, podría desestabilizar la región y agotar considerablemente las reservas de municiones estadounidenses.

Caine subrayó que todas las opciones consideradas serían mucho más difíciles que la exitosa captura de Maduro en Venezuela, una operación que el presidente consideraba una señal del posible éxito estadounidense en Irán.

Joe Holstead, portavoz del general Caine, declinó hacer comentarios, diciendo que las “opciones y consideraciones” proporcionadas al presidente y al secretario de Defensa son confidenciales.

Por su parte, Vance, quien parecía inclinarse personalmente en contra de los ataques militares, argumentó que un ataque limitado era un error. Si Estados Unidos iba a golpear a Irán, dijo al grupo, debería “hacerlo a lo grande y rápido”.

Un portavoz de Vance declinó hacer comentarios.

Antes de la reunión, Trump parecía inclinarse por la estrategia de un ataque menor, seguido de otro mayor si Irán no renunciaba a su programa de enriquecimiento nuclear. Pero los argumentos de Vance parecieron resonar. Y en los días siguientes, más se inclinaron por la idea de que Estados Unidos e Israel debían apuntar conjuntamente no solo a los programas nucleares y de misiles iraníes, sino también a los propios dirigentes.

La CIA había elaborado una serie de escenarios que podrían producirse si el ayatolá Alí Jameneí, líder supremo del país, muriera durante una ofensiva. Planteaban múltiples posibles resultados, ya que el número de variables dificultaba a la agencia evaluar con seguridad qué podría ocurrir.

Uno de ellos preveía que un clérigo de línea dura sustituyera al ayatolá Jameneí, quizá incluso un dirigente más empeñado en adquirir un arma nuclear. Otro escenario predecía un levantamiento contra el gobierno, una posibilidad que muchos funcionarios de inteligencia consideraban remota, dada la debilidad de la oposición iraní.

Varios altos funcionarios del gobierno de Trump se centraron en una tercera hipótesis: que una facción del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica más pragmática que los clérigos de línea dura podría tomar el poder. Aunque era probable que un clérigo siguiera nominalmente al mando, ese grupo de dirigentes de la guardia dirigiría realmente el país.

Ese movimiento supondría un giro drástico para un cuerpo de oficiales que había sido incondicionalmente antiestadounidense durante cuatro décadas y que estaba profundamente entrelazado con la cúpula clerical de Irán.

Pero el análisis de la CIA sugería que, mientras Estados Unidos no interfiriera en las actividades económicas de esta facción, como su influencia en la industria petrolera, un grupo de oficiales podría mostrarse conciliador con Estados Unidos. Incluso podrían renunciar al programa nuclear iraní o impedir que las fuerzas aliadas de Irán atacaran a Estados Unidos.

La CIA declinó hacer comentarios.

Hubo pocas voces que presionaron contra la acción militar. Una excepción fue Tucker Carlson, el presentador de pódcast de derecha y estrecho aliado del presidente, quien se ha reunido con él en el Despacho Oval tres veces en el último mes para argumentar en contra de un ataque.

Describió los riesgos para el personal militar estadounidense, los precios de la energía y los socios árabes de la región si Estados Unidos entraba en guerra con Irán. Le dijo al mandatario que no debía dejarse acorralar por Israel, argumentando que su deseo de atacar a Irán era la única razón por la que Estados Unidos se planteaba siquiera un ataque. Animó a Trump a contener a Netanyahu.

El presidente dijo que comprendía los riesgos de un ataque, pero transmitió a Carlson que no tenía más opción que sumarse a un ataque que lanzara Israel.

Después de que Carlson salió de la Casa Blanca al mediodía del 23 de febrero, les dijo a otras personas que creía que Trump se inclinaba por la acción militar.

Una última ronda de diplomacia
La Casa Blanca hizo caso omiso de las exigencias de algunos legisladores de que Trump obtuviera el consentimiento del Congreso para lanzar una campaña contra Irán, e hizo pocos esfuerzos para defender la guerra en el Capitolio.

Pero el 24 de febrero, horas antes del discurso anual de Trump sobre el Estado de la Unión, los líderes del Congreso del llamado Grupo de los Ocho se reunieron en una sala de conferencias segura del Capitolio para hablar por videoconferencia con Rubio y Ratcliffe. Los dos funcionarios estaban en la Casa Blanca, al final de la Avenida Pensilvania, pero las medidas de seguridad para el discurso del presidente hicieron que el viaje de tres kilómetros fuera muy oneroso.

Rubio y Ratcliffe hablaron de los datos de inteligencia que sustentan los ataques, del posible calendario y de la posible “rampa de salida” si los iraníes renuncian al enriquecimiento nuclear en las próximas conversaciones.

Sin embargo, Rubio nunca mencionó que el gobierno estuviera considerando una operación de cambio de régimen.

En la sesión informativa, Rubio argumentó que, con independencia de que Israel o Estados Unidos atacaran primero, Irán respondería con un potente aluvión de armas contra las bases y embajadas estadounidenses. Era lógico entonces, según dijo Rubio, que Estados Unidos actuara de común acuerdo con Israel, ya que de todos modos se vería arrastrado. Además, Rubio dijo que el gobierno de Israel estaba decidido a actuar.

Esta lógica no les sentó bien a algunos demócratas, que pensaban que el gobierno de Trump estaba dejando que Netanyahu dictara la política estadounidense, y que estaba presentando un argumento circular según el cual Estados Unidos tenía que atacar porque su acumulación de fuerzas militares podría incitar a Irán a atacar.

El jueves, dos días después del discurso sobre el Estado de la Unión, Witkoff y Kushner viajaron a Ginebra para negociar una vez más con Abbas Araghchi, el ministro de Asuntos Exteriores angloparlante y conocedor de Estados Unidos.

Los iraníes presentaron a los estadounidenses un plan de siete páginas con los niveles propuestos de enriquecimiento nuclear en el futuro, y esas cifras alarmaron a Witkoff y Kushner.

Los estadounidenses seguían queriendo que los iraníes se comprometieran a un enriquecimiento cero y propusieron darles combustible nuclear gratuito para un programa nuclear civil, pero los iraníes se negaron, según dijo un funcionario estadounidense. Al término de las conversaciones, Witkoff y Kushner le dijeron a Trump que no creían que fuera posible lograr un acuerdo.

Ese día, Trump recibió en el Despacho Oval a cuatro senadores republicanos para una reunión sobre su agenda legislativa. La conversación terminó enfocándose en Irán.

El senador Lindsey Graham, republicano por Carolina del Sur y firme partidario de atacar Irán, dijo que el presidente estaba frustrado y no creía que los iraníes estuvieran interesados en llegar a un acuerdo.

“Creo que el presidente Trump sentía que necesitaba buscar la diplomacia, que quería buscar la diplomacia, que la opción militar era la última opción”, dijo Graham en una entrevista. Dijo que le había dicho a Trump que no debía permitir que los iraníes alargaran demasiado las negociaciones.

“Se sintió muy cómodo con la idea de haberlo intentado”, dijo Graham.

Otros creen que la diplomacia no era más que una pantomima, siempre condenada al fracaso.

Barbara Leaf, diplomática de carrera jubilada que fue secretaria de Estado adjunta en el gobierno de Joe Biden para supervisar la política de Medio Oriente, dijo que era obvio que Trump se dirigía inevitablemente hacia la acción militar, señalando que desplegó un segundo grupo de ataque de portaviones en la región en medio de las conversaciones.

“Eso era una prueba de planificación bélica”, dijo. “No necesitas eso para tener más influencia en la diplomacia. Nunca tuve ninguna duda de que recurriría a un ataque militar”.

Un golpe de los servicios de inteligencia
De hecho, Estados Unidos e Israel ya estaban discutiendo un posible ataque el miércoles, un día antes de las conversaciones programadas en Ginebra. La Casa Blanca la trasladó al jueves por la noche para darles a los iraníes una última oportunidad de renunciar a sus ambiciones de enriquecimiento nuclear. Luego se volvió a retrasar hasta el viernes, con la idea de golpear a Teherán al amparo de la oscuridad.

En última instancia, el momento fue determinado por un notable triunfo de los servicios de inteligencia.

La CIA, que había estado siguiendo de cerca los movimientos del ayatolá Jameneí, se enteró de que el líder supremo planeaba estar en su complejo residencial en el centro de Teherán el sábado por la mañana. También estaba previsto que altos dirigentes civiles y militares iraníes se reunieran en el mismo lugar, a la misma hora.

La CIA transmitió la información a los israelíes, y los dirigentes de ambos países decidieron iniciar la guerra con un audaz ataque de “decapitación” a la luz del día.

El viernes por la tarde, mientras volaba a Corpus Christi para pronunciar un discurso sobre energía, Trump dio la orden oficial de iniciar la operación.

Una vez en tierra, el presidente insinuó que la diplomacia se había topado con un muro, y dijo a los periodistas que “no estaba contento con la negociación”. Durante décadas, dijo, Irán había estado “volando las piernas de nuestra gente, volando la cara de nuestra gente, los brazos. Han ido derribando nuestros barcos uno a uno y cada mes hay algo más”.

Aunque había muchos indicios de que los estadounidenses estaban preparando un posible asalto, los iraníes creían improbable que se produjera un ataque a la luz del día, según cuatro funcionarios iraníes.

Era sábado por la mañana, el comienzo de la semana laboral en Irán, cuando los niños estaban en la escuela y la gente se dirigía al trabajo.

Quienes asistieron a la reunión del Consejo Supremo de Seguridad Nacional no sintieron ninguna urgencia por reunirse en búnkeres subterráneos u otros lugares secretos que pudieran ser desconocidos para los espías estadounidenses o israelíes.

El ayatolá Jameneí dijo a un círculo cercano que, en caso de guerra, prefería quedarse en su lugar y convertirse en mártir antes que ser juzgado por la historia como un dirigente que se había ocultado, según los funcionarios.

Estaba en su despacho, en otra parte del recinto, mientras los altos dirigentes se reunían. Pidió que le informaran cuando concluyera.

Los misiles impactaron poco después de que empezara.

Fuente: The New York Times
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