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La sombra: Aquello que rechazamos también forma parte de nosotros

El concepto desarrollado por Carl Gustav Jung permite comprender por qué ciertos deseos, emociones y aspectos de nuestra personalidad continúan influyendo en nuestra vida, aun cuando intentemos ignorarlos. Por Lic. Melody Varisco (*). Especial para AIM

En la columna anterior hablábamos del autoboicot y de esas situaciones en las que una persona parece actuar en contra de sus propios deseos: posterga decisiones importantes, abandona proyectos, duda constantemente de sus capacidades o rechaza oportunidades que, conscientemente, asegura querer.

Estas contradicciones pueden resultar desconcertantes. Una parte de nosotros quiere avanzar, crecer o cambiar, mientras otra parece resistirse. Para comprender esa tensión interna, resulta especialmente valioso acercarnos a una de las ideas centrales desarrolladas por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung: el concepto de la sombra.

La sombra reúne aquellos aspectos de nuestra personalidad que, por diferentes motivos, fueron rechazados, reprimidos o excluidos de nuestra conciencia.

Su formación comienza principalmente en la infancia, cuando aprendemos qué conductas, emociones y características son aceptadas por nuestro entorno y cuáles reciben desaprobación, castigo o rechazo.

Así, una persona puede aprender que no debe enojarse, que expresar tristeza es una señal de debilidad, que debe ser siempre amable, que no tiene derecho a decir que no o que ciertos deseos son egoístas e inaceptables.

Para poder adaptarnos y conservar el amor, la aprobación o la pertenencia, comenzamos a ocultar esas partes de nosotros mismos. Sin embargo, aquello que reprimimos no desaparece. Continúa formando parte de nuestra vida psíquica y puede manifestarse de maneras indirectas, automáticas o difíciles de comprender.

La sombra no está formada únicamente por características que consideramos negativas. También puede contener cualidades valiosas que alguna vez aprendimos a rechazar: la fortaleza, la ambición, la creatividad, la sensualidad, la capacidad de poner límites, el deseo de destacarse o la posibilidad de elegir una vida diferente.

Una persona educada para no incomodar puede haber relegado su capacidad de defenderse. Alguien que aprendió que sobresalir provocaba críticas puede ocultar su talento. Quien fue valorado solamente por cuidar a los demás puede sentir culpa cuando intenta ocuparse de sus propios deseos.

En este sentido, la sombra no es simplemente una zona oscura que debamos eliminar. También es un territorio en el que permanecen capacidades, necesidades y potenciales que todavía no han encontrado un lugar legítimo en nuestra identidad consciente.

Cuando lo rechazado comienza a actuar

El problema no radica en tener una sombra. Todos la tenemos. La dificultad aparece cuando desconocemos su existencia y creemos que nuestras decisiones son completamente racionales y conscientes.

Lo que no podemos reconocer en nosotros puede comenzar a influir desde un lugar inconsciente.

De esta manera, una persona puede afirmar que desea iniciar un proyecto, pero postergarlo indefinidamente. Puede querer construir una relación saludable y, sin embargo, repetir vínculos que le hacen daño. Puede desear mostrarse segura, pero paralizarse cada vez que siente que será observada o evaluada.

El autoboicot puede aparecer precisamente en esa desconexión entre aquello que conscientemente aspiramos a ser y las fuerzas internas que empujan en una dirección contraria.

Esto no significa que cada dificultad, fracaso o postergación deba explicarse exclusivamente a través de la sombra. Tampoco implica que toda conducta tenga una única causa inconsciente. La vida humana es mucho más compleja.

Pero el concepto permite formular una pregunta diferente. En lugar de limitarnos a decir “no tengo voluntad”, “soy incapaz” o “siempre arruino todo”, podemos preguntarnos:

· ¿Qué parte de mí se siente amenazada ante este cambio?

· ¿Qué emoción estoy intentando evitar?

· ¿Qué podría perder, además de ganar, si alcanzo aquello que deseo?

· ¿Qué aspecto de mí mismo aprendí a rechazar?

Estas preguntas no buscan justificar las conductas que nos perjudican, sino comprender qué necesidad, temor, herida o conflicto puede estar expresándose a través de ellas.

La sombra también aparece en los demás

Otra forma habitual en la que se manifiesta la sombra es mediante la proyección.

Con frecuencia, aquello que no podemos reconocer en nosotros mismos lo vemos con especial intensidad en otras personas. Nos irritan, fascinan o perturban determinados rasgos ajenos porque, de algún modo, se relacionan con aspectos propios que todavía no hemos aceptado.

Una persona que ha reprimido su deseo de ser reconocida puede criticar duramente a quienes buscan visibilidad. Alguien que no se permite expresar enojo puede sentirse especialmente incómodo frente a quienes ponen límites con firmeza. Quien ha renunciado a sus propios deseos puede juzgar como egoístas a quienes eligen priorizarse.

Esto no significa que toda crítica sea una proyección ni que debamos aceptar cualquier comportamiento ajeno. Significa que nuestras reacciones desmedidas pueden ofrecernos información valiosa sobre nosotros mismos.

A veces, aquello que más rechazamos en los demás señala una zona propia que necesita ser observada.

Integrar no significa actuar sin límites

Reconocer la sombra no implica ceder automáticamente ante todos nuestros impulsos ni convertir cualquier deseo en una acción.

Integrar no es actuar sin responsabilidad. Tampoco significa romantizar comportamientos destructivos o negar sus consecuencias.

La integración comienza cuando podemos reconocer que esas emociones, deseos y contradicciones existen y forman parte de nosotros, aunque decidamos conscientemente qué hacer con ellos.

El enojo, por ejemplo, no obliga a agredir. Pero puede indicar que un límite fue vulnerado. El miedo no necesariamente debe detenernos, aunque puede advertirnos que sentimos insuficientes nuestros recursos. La tristeza no es una falla que deba ocultarse, sino una emoción que permite reconocer una pérdida y comenzar a elaborarla.

Cuando rechazamos una emoción, perdemos también la posibilidad de comprender su función.

Aceptar que sentimos envidia, miedo, rabia, vergüenza o deseo no nos convierte en malas personas. Nos vuelve más conscientes de la complejidad de nuestra vida interior.

Desde allí podemos asumir una posición más responsable: no negar lo que sentimos, pero tampoco quedar sometidos a ello.

El camino hacia una vida menos dividida

Jung consideraba que el desarrollo psicológico no consiste en construir una imagen perfecta de nosotros mismos, sino en acercarnos progresivamente a una personalidad más completa e integrada.

Esto supone abandonar la fantasía de ser únicamente aquello que consideramos aceptable y reconocer que también estamos constituidos por contradicciones.

La sombra necesita ser escuchada, comprendida e integrada, no combatida como si fuera un enemigo completamente ajeno.

En muchos casos, detrás de aquello que nos incomoda puede existir una parte de nosotros que alguna vez tuvo que esconderse para sobrevivir, adaptarse o conservar un vínculo significativo.

Mirar esa zona requiere valentía, porque implica acercarnos a emociones, recuerdos y deseos que quizá preferiríamos evitar. Pero también puede convertirse en una oportunidad de recuperar fuerza, creatividad, autenticidad y capacidad de elección.

Tal vez dejar de autosabotearnos no consista solamente en esforzarnos más, disciplinarnos o controlar cada conducta.

Tal vez implique comenzar a escuchar aquello que hemos intentado silenciar.

Porque mientras una parte de nosotros permanezca excluida, continuará intentando hacerse oír. Y lo hará, muchas veces, a través de síntomas, repeticiones, conflictos y decisiones que no logramos comprender.

Integrar la sombra no significa convertirnos en otra persona. Significa dejar de vivir fragmentados y comenzar a reconocernos con mayor honestidad.

(*) Andrea S. Varisco | Licenciada en Psicología |MP 2698.-

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