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Cuando parece que no avanzamos: El crecimiento invisible de las raíces

No todos los procesos de transformación pueden observarse desde afuera. Hay etapas en las que crecer no significa avanzar hacia la superficie, sino profundizar, revisar nuestras creencias y construir una base interna capaz de sostener aquello que vendrá después. Como lo hace el árbol con sus raíces... Este proceso suele ser vivenciado como incómodo, lúgubre, incierto e incluso doloroso. Sin embargo, puede estar preparando un crecimiento más firme y auténtico. Por Melody Varisco (*). Especial para AIM.

Un árbol no crece en una sola dirección. Mientras su tronco se eleva, sus ramas buscan la luz y sus frutos comienzan a hacerse visibles, debajo de la tierra ocurre otro crecimiento. Sus raíces se extienden en profundidad, atraviesan distintas capas del suelo, buscan agua en las napas, absorben nutrientes y forman una red silenciosa que le dará sostén. Esa parte del proceso permanece oculta. Nadie la contempla ni la celebra. Sin embargo, es la más importante. La fortaleza de un árbol no depende de la altura que alcanza ni de la cantidad de frutos que produce. También depende de aquello que logró construir bajo la superficie. Cuando llegan los vientos intensos, las lluvias o las tempestades, son sus raíces las que le permiten permanecer en pie.

En la vida psíquica sucede algo semejante. Vivimos en una cultura que suele reconocer principalmente lo que puede mostrarse: los resultados, las decisiones, los proyectos, los vínculos, el rendimiento, los logros y las transformaciones visibles. Parecería que crecer siempre significara avanzar, producir, exponerse o llegar más lejos.

Pero existen momentos en los que el movimiento más importante ocurre hacia adentro. Hay etapas en las que una persona necesita detenerse, replegarse un poco, escucharse y revisar la manera en que ha construido su vida. No todos lo hacen… pero es sumamente importante. Puede comenzar a preguntarse cuáles de sus decisiones responden verdaderamente a sus propios deseos y cuáles fueron tomadas para cumplir expectativas ajenas, evitar conflictos o adaptarse a lo que otros esperaban de ella.

Ese proceso puede implicar cuestionar creencias profundamente arraigadas, reconocer necesidades postergadas, elaborar pérdidas, revisar vínculos, comprender patrones que se repiten y soltar mandatos que ya no representan a la persona que estamos llegando a ser.

Desde afuera, quizás parezca que no ocurre nada. Puede haber menos entusiasmo por lo habitual, una necesidad mayor de silencio, una sensación de incertidumbre o la impresión de estar detenido. Sin embargo, en algunos casos, lo que se está produciendo no es una ausencia de movimiento, sino un movimiento diferente: menos visible, más profundo y todavía difícil de expresar.

Tal vez la persona no esté perdiendo el rumbo. Tal vez esté dejando de seguir un camino que nunca sintió verdaderamente propio. En términos simbólicos, podríamos pensar que se encuentra bajo la superficie, cerca de esas napas internas donde habitan su historia, sus emociones, sus contradicciones y también aquellas partes de sí misma que alguna vez fueron rechazadas, silenciadas o relegadas.

Entrar en contacto con esa profundidad no significa quedar atrapados en la oscuridad. La tierra oscura también es un lugar de gestación, nutrición y transformación. Allí la semilla comienza a desarrollarse mucho antes de que podamos observar el primer brote.

Desde una perspectiva psicológica, crecer hacia adentro supone conocernos con mayor honestidad. Implica reconocer tanto aquello que aceptamos de nosotros mismos como lo que preferimos ocultar.

Integrar nuestra Sombra no consiste en justificar cualquier conducta ni en identificarnos únicamente con nuestros aspectos dolorosos, sino en recuperar emociones, necesidades, deseos y capacidades que habían quedado fuera de nuestra conciencia. Cuando esas partes pueden ser reconocidas e integradas, dejan de actuar de manera silenciosa o automática. La persona comienza a desarrollar un criterio propio, a elegir con mayor conciencia y a construir una identidad menos dependiente de la aprobación externa.

El crecimiento interno forma raíces

Esas raíces permiten poner límites sin sentir que por ello perderemos el afecto de los demás. Raíces para sostener una decisión aun cuando no todos la comprendan. Raíces para atravesar una pérdida sin perder completamente el contacto con nosotros mismos. Raíces para recibir un logro sin sentir que en cualquier momento será descubierto que no lo merecemos.

A veces, la vida exterior avanza con rapidez, pero nuestros recursos internos todavía no alcanzaron el mismo desarrollo. Podemos obtener aquello que deseábamos y, aun así, sentir inseguridad, angustia, agotamiento o temor a perderlo. No necesariamente porque el logro sea equivocado, sino porque todavía estamos construyendo la base emocional que nos permitirá habitarlo.

Por eso, el crecimiento no consiste solamente en llegar más alto. También implica alcanzar la profundidad necesaria para sostener esa altura.

El acompañamiento psicológico puede ofrecer un espacio especialmente valioso durante estas etapas. No para apresurar la aparición de resultados ni obligar a la persona a "volver a ser la de antes". Eso así, no funciona... La psicoterapia sería más bien para ayudarla a comprender lo que está viviendo, diferenciar un proceso de introspección de un padecimiento que requiere atención y construir nuevos sentidos a partir de su experiencia.

Seamos precavidos

Ahora, hay que hacer una diferencia con prudencia: tampoco todo aislamiento, tristeza o pérdida de energía debe interpretarse como una transformación interior. Cuando el malestar se vuelve persistente, afecta significativamente la vida cotidiana o aparece una pérdida marcada del interés, de la esperanza o de la capacidad de disfrutar, es importante realizar una consulta profesional. El sufrimiento no debe ser idealizado ni atravesado en soledad.

La quietud no significa fracaso

En ocasiones, aquello que parece estancamiento puede ser una etapa de reorganización. Un tiempo durante el cual las antiguas certezas comienzan a caer y las nuevas todavía no adquirieron una forma definida. Quizás todavía no haya ramas nuevas. Quizás los frutos aún no puedan verse. Pero, bajo la superficie, la persona está aprendiendo a reconocerse, a elegir sus propias creencias y a construir una red interna más firme.

Y cuando finalmente vuelva a crecer hacia la luz, aquello que aparezca afuera no será una transformación superficial. Será la manifestación visible de un proceso profundo que comenzó mucho antes, en silencio, allí donde nadie podía verlo.

Porque los árboles que mejor atraviesan las tempestades no son los que alcanzaron mayor altura. Son aquellos que también tuvieron tiempo de hacer raíz.

(*) Melody A. S. Varisco | Lic. en Psicología | MP 2698.

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