Las emociones forman parte de un sistema de adaptación que nos permite responder ante aquello que ocurre dentro y fuera de nosotros. No son buenas ni malas: algunas resultan agradables y otras profundamente incómodas. El enojo es una de las emociones que peor prensa tiene, no obstante, esta emoción tiene la función de protegernos ante posibles amenazas, puede advertirnos que un límite fue vulnerado, una necesidad no está siendo atendida o que algo importante necesita cambiar. Por la Lic. Melody Varisco, especial para AIM.-
“No te enojes”. “No es para tanto”. “Calmate”. “No hagas una escena”. Desde la infancia solemos recibir mensajes que no solo buscan ordenar nuestra conducta, sino también indicarnos qué emociones resultan aceptables y cuáles incomodan a los demás.
El enojo ocupa un lugar especialmente conflictivo. Se lo asocia con la agresión, el descontrol, la violencia o la mala educación. Por eso muchas personas aprenden a ocultarlo, negarlo o sentirse culpables apenas aparece.
Sin embargo, el enojo no es sinónimo de violencia. Es una emoción. La agresión, en cambio, es una conducta posible, pero no inevitable. Podemos sentir enojo sin golpear, insultar, humillar ni dañar. También podemos expresarlo de forma asertiva, poner un límite y defender una necesidad de una manera firme y respetuosa.
Comprender esta diferencia es fundamental: todas las emociones pueden ser reconocidas, pero no todas las conductas son aceptables.
Las emociones no son errores
Durante mucho tiempo se habló de emociones positivas y negativas. Sin embargo, esta clasificación puede llevarnos a pensar que algunas emociones son buenas y deberían conservarse, mientras que otras son malas y tendrían que desaparecer. Resulta más preciso hablar de emociones agradables y desagradables, placenteras y displacenteras, o más y menos aceptadas socialmente.
Desde las teorías funcionales, las emociones son comprendidas como respuestas que organizan nuestra atención, preparan al organismo para actuar y nos ayudan a responder frente a situaciones relevantes. Esto no significa que cada reacción emocional interprete correctamente el presente ni que siempre nos conduzca a la mejor decisión. Significa que la emoción trae información que merece ser examinada.
El miedo puede prepararnos para protegernos. La tristeza puede ayudarnos a reconocer y elaborar una pérdida. El asco favorece el rechazo de aquello que percibimos como perjudicial. La alegría facilita el acercamiento, la exploración y el vínculo.
¿Y el enojo? El enojo nos moviliza cuando algo se interpone. Las teorías de la valoración emocional señalan que el enojo suele aparecer cuando percibimos que un objetivo fue obstaculizado, que alguien actuó injustamente, que una situación podría modificarse o que otra persona es responsable de algo que nos perjudica. Ninguna de estas valoraciones explica por sí sola todos los episodios de enojo, pero suelen encontrarse asociadas a esta emoción.
A diferencia del miedo, que con frecuencia nos prepara para alejarnos o protegernos, el enojo suele impulsar una tendencia de aproximación: nos orienta hacia aquello que se interpone en nuestro camino y nos proporciona energía para intentar modificarlo. Las investigaciones de Charles Carver y Eddie Harmon-Jones describen precisamente esta relación entre el enojo y la motivación de acercamiento o confrontación del obstáculo.
Por eso el enojo puede aparecer cuando sentimos que no somos escuchados, cuando recibimos un trato injusto, cuando alguien invade nuestro espacio, cuando una promesa es incumplida o cuando una necesidad importante queda reiteradamente relegada.
También puede aparecer ante la frustración: queríamos que algo sucediera de determinada manera y la realidad no respondió como esperábamos.
En esas situaciones, el enojo parece decirnos:
· “Esto es importante para mí”.
· “Algo se interpuso”.
· “Esto no me parece justo”.
· “Necesito defenderme”.
· “Necesito que algo cambie”.
El enojo, entonces, puede contribuir a recuperar la iniciativa y sostener el esfuerzo ante determinados obstáculos. Investigaciones recientes encontraron que, en contextos desafiantes, esta activación puede favorecer la persistencia y la consecución de ciertos objetivos. Esto no significa que enojarnos siempre mejore nuestro desempeño, sino que la emoción puede tener una función movilizadora cuando es adecuadamente canalizada, comprendida y regulada.
La emoción que ayuda a reconocer los límites
Una de las funciones más importantes del enojo es advertirnos que percibimos una vulneración de nuestros límites. Puede señalar que estamos aceptando algo que no deseamos, que alguien está disponiendo de nuestro tiempo sin consideración, que una relación se volvió desigual o que estamos sosteniendo más de lo que podemos.
Pero sentir enojo no garantiza que efectivamente se haya cometido una injusticia. Las emociones no son pruebas objetivas de lo que ocurrió. Nuestra historia, nuestras expectativas y experiencias anteriores también influyen en el modo en que interpretamos una situación.
Por eso necesitamos escuchar la emoción y, al mismo tiempo, pensarla:
· ¿Qué ocurrió?
· ¿Qué esperaba que sucediera?
· ¿Qué necesidad no fue reconocida?
· ¿Se vulneró realmente un límite o estoy reaccionando también desde una experiencia pasada?
· ¿Qué quiero proteger?
· ¿Qué puedo hacer sin dañarme ni dañar a otra persona?
El enojo puede mostrarnos que necesitamos poner un límite, pero somos nosotros quienes debemos decidir cómo expresarlo.
Cuando enviamos el enojo a la sombra
Carl Gustav Jung llamó sombra a aquellos aspectos de nosotros mismos que fueron rechazados, reprimidos o excluidos de la identidad que mostramos conscientemente.
Las emociones también pueden quedar relegadas a esa zona. Una persona puede haber aprendido que para ser querida debía ser siempre amable, comprensiva y complaciente. Quizás descubrió tempranamente que expresar enojo traía castigos, rechazo, burlas o la retirada del afecto. Para conservar el vínculo, aprendió a callar. Con el tiempo puede convertirse en alguien que acepta compromisos que no desea, evita las conversaciones difíciles, tolera situaciones injustas y siente culpa cada vez que intenta decir que no.
Pero el enojo no desaparece por haber sido rechazado. Puede regresar como irritabilidad constante, resentimiento, agotamiento, distanciamiento afectivo, respuestas desproporcionadas o explosiones frente a situaciones aparentemente menores. A veces se dirige hacia la propia persona. En lugar de reconocer “estoy enojada por lo que ocurrió”, aparece la autocrítica: “soy una exagerada”, “no tendría que sentirme así”, “el problema debo ser yo”. De esta manera, una emoción que podría ayudarnos a defendernos termina convertida en culpa, silencio o autoboicot.
Integrar el enojo no significa descargarlo. Significa poder reconocerlo, comprender su origen y recuperar de manera consciente la capacidad de protegernos y poner límites.
Reprimir no es regular
Callar una emoción no equivale a haberla regulado. Los estudios de James Gross sobre regulación emocional muestran que la supresión puede disminuir la expresión visible de una emoción sin necesariamente reducir la experiencia interna. Su uso habitual también se ha relacionado con mayores dificultades interpersonales, mientras que estrategias como la reevaluación de la situación presentan un perfil más favorable en numerosos contextos.
Regular el enojo supone poder reconocer las señales corporales, detener una reacción impulsiva, comprender qué provocó la emoción y elegir una respuesta adecuada. En algunos casos necesitaremos alejarnos momentáneamente para recuperar la calma. En otros, hablar con claridad, pedir una reparación, revisar nuestras expectativas o aceptar que la realidad no puede adaptarse completamente a nuestros deseos. No se trata de reprimir ni de explotar. Se trata de transformar la energía del enojo en una acción consciente.
¿Qué aprenden las infancias sobre el enojo?
Los niños no nacen sabiendo identificar, expresar y regular lo que sienten. Estas capacidades se desarrollan progresivamente dentro de los vínculos. Cuando una infancia se enoja, necesita que el adulto establezca límites sobre la conducta sin rechazar la emoción.
Podemos decir:
· “Entiendo que estás muy enojado porque querías seguir jugando, pero no voy a permitir que pegues y hagas daño”.
· “Podés estar enojada conmigo. De todos modos, ahora tenemos que irnos”.
· “Veo que esto te frustró. Vamos a calmarnos y después buscamos otra manera de resolverlo”.
Estas respuestas transmiten dos ideas simultáneas: la emoción tiene un lugar y la conducta necesita un límite.
La investigación sobre socialización emocional indica que las respuestas de los adultos influyen en el modo en que los niños aprenden a comprender y regular sus emociones. Las reacciones de apoyo frente a emociones desagradables se han asociado con mejores capacidades de regulación, mientras que las respuestas sistemáticamente punitivas, descalificadoras o minimizadoras pueden dificultar ese aprendizaje.
Educar emocionalmente no significa impedir que un niño se enoje ni concederle todo para que deje de hacerlo. Tampoco significa convertir al adulto en un espectador pasivo. El adulto acompaña, pone palabras, conserva la calma posible y establece un límite seguro. De este modo, presta temporalmente una regulación que la infancia todavía está aprendiendo a construir.
No necesitamos niños que nunca se enojen. Necesitamos ayudarlos a comprender qué les ocurre, a tolerar la frustración y a expresar sus necesidades sin lastimarse ni lastimar a otros.
Una emoción que necesita ser escuchada
El enojo puede volverse destructivo cuando es demasiado intenso, frecuente o difícil de regular. También puede dañar profundamente cuando se utiliza para controlar, intimidar o agredir. Reconocer su función no implica romantizarlo ni justificar sus consecuencias. Pero convertirlo en una emoción prohibida tampoco nos protege. Aquello que no podemos expresar de manera consciente suele encontrar otros caminos para manifestarse. Quizás el enojo no venga a decirnos que debemos atacar. Quizás venga a mostrarnos que algo nos importa, que una situación nos duele, que un límite necesita ser revisado o que llevamos demasiado tiempo callando.
Escucharlo no significa obedecerlo. Significa dejar de tratarlo como un enemigo para comenzar a preguntarnos qué intenta proteger.
(*) Melody A. S. Varisco | Licenciada en Psicología | MP: 2698.-
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