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Salud y Bienestar
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¿Por qué en invierno tenemos más hambre?

Con la llegada del frío, muchas personas sienten que aumenta el apetito y aparecen con más frecuencia las ganas de comer platos abundantes, panificados, chocolate o preparaciones calientes. Aunque no todo responde a una necesidad real de ingerir más calorías, el invierno puede modificar algunos hábitos y señales que influyen en la sensación de hambre.

La temperatura, la menor exposición a la luz solar, los cambios en las rutinas y hasta el tiempo que pasamos dentro de casa pueden ayudar a explicar por qué durante los meses fríos parece costar más controlar el picoteo.

El cuerpo necesita mantener su temperatura

El organismo trabaja permanentemente para conservar una temperatura interna estable. Cuando hace frío, puede aumentar ligeramente el gasto energético destinado a producir calor, especialmente si la persona permanece expuesta a bajas temperaturas.

Sin embargo, en la vida cotidiana actual —con calefacción, ropa de abrigo y ambientes cerrados— ese incremento suele ser limitado. Es decir, sentir más hambre en invierno no necesariamente significa que el cuerpo necesite muchas más calorías.

Buscamos comidas calientes y reconfortantes

Durante el invierno suele cambiar también el tipo de alimentos que elegimos. En lugar de ensaladas o preparaciones frescas, aparecen guisos, pastas, sopas, panes, chocolates y otras comidas que asociamos con el calor y el bienestar.

Muchas de estas opciones son más densas en calorías, por lo que es posible consumir más energía sin aumentar demasiado el volumen de comida.

Además, ciertos alimentos tienen un componente emocional: una taza de chocolate caliente, una porción de torta o un plato de pastas pueden estar asociados al confort, al descanso o a momentos agradables.

Menos luz, menos movimiento

Los días más cortos y las bajas temperaturas también pueden modificar la rutina. Es frecuente salir menos, caminar menos o pasar más tiempo frente a pantallas dentro de casa.

Ese mayor tiempo de ocio en ambientes cerrados puede favorecer el denominado “hambre por aburrimiento”: comer no necesariamente porque exista una necesidad física, sino porque la comida está disponible o funciona como entretenimiento.

La menor exposición a la luz natural también puede influir sobre el sueño, el estado de ánimo y los ritmos internos del organismo, factores que a su vez pueden modificar el apetito.

¿Hambre o ganas de comer?

Una de las claves es aprender a distinguir el hambre física del antojo.

El hambre real suele aparecer progresivamente y puede satisfacerse con diferentes alimentos. El antojo, en cambio, suele surgir de manera repentina y generalmente está dirigido hacia algo específico: chocolate, algo dulce, pan o alguna comida determinada.

Antes de buscar algo para comer puede ayudar preguntarse cuánto tiempo pasó desde la última comida, si realmente existe sensación de vacío en el estómago o si simplemente apareció el deseo de comer.

Cómo controlar el apetito sin pasar hambre

No se trata de comer menos a toda costa, sino de elegir alimentos que aporten saciedad.

Las proteínas, las verduras, las frutas, las legumbres y los cereales integrales pueden ayudar a mantener la sensación de plenitud durante más tiempo. En invierno, además, pueden incorporarse en preparaciones calientes como sopas, guisos, tortillas o platos al horno.

También conviene mantener horarios relativamente regulares de comidas y evitar llegar con hambre excesiva a la cena.

La hidratación también cuenta

En invierno solemos sentir menos sed, pero el organismo continúa necesitando líquidos. En algunos casos, la sensación de sed puede confundirse con hambre.

Agua, infusiones sin exceso de azúcar, caldos caseros o bebidas calientes pueden contribuir a mantener una hidratación adecuada durante los días fríos.

No hace falta renunciar a las comidas de invierno

Un guiso, unas pastas o algo dulce pueden formar parte perfectamente de una alimentación equilibrada. El punto está en las porciones, la frecuencia y la variedad.

El aumento del apetito durante los meses fríos puede tener explicaciones físicas, ambientales y emocionales. Reconocer qué está detrás de esas ganas de comer permite disfrutar de las comidas típicas del invierno sin convertir cada tarde fría en una sucesión interminable de picoteos.
Redacción AIM

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