Durante las primeras horas de la noche del martes 9 de julio de 1816, la Luna llena asomaba hacia el horizonte Sureste transitando las estrellas que unidas forman la constelación zodiacal de Sagitario, informó a AIM desde la dirección del Planetario de San Luis Martin Fernández.
En diálogo con esta Agencia, Fernández aclaró que “más elevados en el cielo hacia el Este, los planetas Neptuno y Urano transitaban la constelación de Ofiuco, con Urano posicionado visualmente cerca de la supergigante estrella rojiza Antares de Escorpio”.
También detalló que “el coloso planeta Júpiter se ubicaba al Noreste con las estrellas de Virgo como telón de fondo en cielo”.
Y agregó que hacia el Noroeste, Marte, popularmente conocido como el planeta rojo debido al abundante óxido de hierro presente en su superficie, cerraba el desfile astronómico transitando las estrellas de la constelación de Leo.
Una independencia sin verano
1816 quedó en la historia por sus graves anomalías climáticas, pero el fenómeno fue ignorado en la Argentina, donde el Congreso de Tucumán tenía otras urgencias.
Pronóstico del tiempo
Ningún periódico, ninguna bitácora escrita en Buenos Aires parece haberse preocupado por el clima. Eso a pesar que antes de la Revolución de Mayo, o luego en la década de 1820, los partes meteorológicos del mes no faltaban de las buenas costumbres de la imprenta ni del hábito de los curas, instruidos por los Borbones en el fomento del interés agrícola.
Por lo visto, en 1816, todos estaban demasiado ocupados con la amenaza de las fuerzas españolas, las luchas internas, el disenso político, la invasión portuguesa a la Banda Oriental, la creación de un banco, la sociedad filantrópica, la curación de la rabia, las desventuras de Napoleón, el Congreso de Viena y el destino de Europa.
Por lo menos eso se lee en los periódicos salidos de la Imprenta del Sol, fundada por Vicente Pazos Kanki, expresbítero de origen aymara, nacido en Ilabaya, actual Bolivia, y ahora –es decir, en 1816– dedicado al periodismo. Acababa de llegar de Londres, donde, además de abandonar los votos para casarse, adquirió la maquinaria para su nueva empresa. Gracias a ella, comenzaría a publicar dos periódicos: el primero, el monárquico Observador Americano, saldría el 19 de agosto de 1816, a cargo del jurisconsulto Manuel Antonio de Castro. El 30 del mismo mes, aparecería el republicano La Crónica Argentina, este bajo su dirección.
Las noticias estaban coronadas por el lema (pseudo) latino Sole novo, praeclara luce, libertas nascitur orbe y por el grabado de un sol radiante, reemplazado, a partir del número 34, por un amanecer en la montaña. Referencias al nombre de la imprenta, se trataba de dos modos simultáneos y complementarios de intervenir en la vida pública con la luz del porvenir.
Pazos, encandilado con los latinismos y la invocación al sol incásico, no pudo presagiar que la nueva nación y sus impresos nacían en un año marcado por la falta de luz, por la lluvia, las tormentas y las descargas eléctricas. A sabiendas o no, pronto debió partir hacia los Estados Unidos no sin antes traducir al aymara la declaración de la Independencia declarada por el Congreso de las Provincias en Sud-América.
No hay constancia de que allí se enterara que 1816 y los siguientes fueron años difíciles a ambos lados del Atlántico, tanto en Europa como en América, para republicanos y monárquicos, para Pazos Kanki y para millones de humanos. Tan complicado que los acontecimientos de los hombres oscurecieron que, más allá de la política, más allá de los sucesos, las experiencias y las preocupaciones locales –esas de Tucumán, Zürich y Cantón–, quince meses antes se había desencadenado un acontecimiento de dimensión verdaderamente catastrófica y universal: el 10 de abril de 1815, sin aplausos y casi sin testigos, la erupción de un volcán situado en la isla Simbawa, una de las tantas del archipiélago de Indonesia, había borrado de la faz de la tierra a los reinos de Sanggar, Pekat y Tambora.
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