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Caleidoscopio
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La modernidad en crisis

Cuando simpatizaba con los nazis, el filósofo Martin Heidegger expuso en su "Introducción a la metafísica" la idea de que Alemania debía regir Europa, como ya hizo Francia con Napoleón.

Para Heidegger Alemania era la alternativa para preservar el legado europeo frente a las dos nuevas potencias que amenazaban con relegarla a un papel secundario: los Estados Unidos y Rusia, que entonces la tenían atenazada y hoy se mojan la oreja en Ucrania y en Irán y amenazan con Cuba.

Aunque Alemania perdió la guerra en 1945 fue de todos modos el centro de una Europa en crisis, con su banca y su industria sometidas a los Estados Unidos como desde final de la segunda guerra mundial, pero ahora más claramente.

Y otra vez Europa se ve en peligro ante potencias que surgen o resurgen como China, la India o Rusia. La Unión Soviética perdió la carrera y los Estados Unidos mantienen su superioridad militar como último bastión, con una economía en declinación, pérdida masiva de mercados, un petrodólar cuestionado y un frente interno complicado.

Algunos socialistas europeos, desalojados del gobierno por la crisis capitalista, víctimas de sus actos y de la declinación de su ideología tratan de referir la idea de la unidad de Europa a los nazis, con el fin de criticar con más fuerza y soltura las graves dificultades actuales haciendo referencia a un pecado insalvable.

Los socialistas critican con justeza a los que pretenden que la idea de la unidad de Europa es posterior a la segunda guerra mundial para hacerla pasar como un logro "ultramoderno" sin relación con Hitler, Napoleón, la Cristiandad ni el imperio de Roma.

Pero en lugar de indagar suficientemente en el pasado los antecedentes, tratan de encontrar en documentos nazis abono para sus puntos de vista. Y los encuentran en cantidad, porque los documentos sobran.
Les resulta más difícil explicar por qué algunos gobiernos de Occidente reciben reconvenciones, órdenes de apretar, recortar y ajustar para finalmente quedar sin los beneficios que creían merecer como reconocimiento de su buena conducta.

Capitalistas anárquicos
Posiblemente el secreto está en la decisión sigilosa de retirar el Estado de la escena para poner en su lugar una junta de notables que decidan sin la gravosa intermediación de los políticos, que se han encharcado en la corrupción al punto de convertirse en inútiles.

La corrupción de los políticos es tolerable para los plutócratas como retribución de servicios, al modo de gastos de representación, pero los cuestionamientos cada vez más enérgicos a conductas grotescas y dañinas podrían llevar a despertar a los que deben permanecer dormidos, y eso no se tolera.

Como los ácratas, usuarios originales de un nombre que no pueden impedir que otros usurpen, los anarcocapitalistas quieren quitar de la escena al Estado y al gobierno político de la sociedad con excepción de la policía, guardiana de su principio más preciado: la propiedad.

Lo consideran ya inútil a sus intereses, demasiado costoso, pesado y reprochable, como una máquina de guerra anticuada que hace tiempo fue eficaz.

Ven ventajoso desplazarlo para ocupar ellos mismos el lugar que hace un siglo los anarquistas sociales reclamaban para organizaciones libres de trabajadores, para la vieja comuna que nunca murió en la consciencia europea y resiste en el resto del mundo.

Con la ética por delante
La política es el terreno predilecto de la moralidad que se esconde en la ley y termina quitando a la gente lo que necesita para vivir. Los políticos en crisis buscan de tanto en tanto un ser providencial, virtuoso, excepcional, asequible por elección, que cuando aparece tan rápido promete la solución como se derrumba.

Otro cantar es el punto de vista que ya no alimenta ilusiones. A pesar del estado crítico al que llegó la modernidad, cuando apretar el botón que desate la catástrofe parece cosa de cada día, nuestra forma mental sigue ilusionada con que alguien con más inventiva que nosotros revele el artefacto político o social que resuelva los problemas.

No es necesario que nadie nos revele la verdad: al menos no los impedidos por el peso de sus corazas, no los tapados en libros que no la conocen a pesar de sus pretensiones. Y menos los que sin otras preocupaciones se sirven del poder para sus fines.
De la Redacción de AIM.

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