La convicción de que todos los seres de la naturaleza son hermanos lleva a los indígenas amazónicos a pedir perdón a los animales antes de sacrificarlos en aras de la supervivencia, señala el teólogo brasileño Leonardo Boff.
Los ritos de disculpa que practican antes de pescar o cazar son para Boff un ejemplo de ecología profunda y de sabiduría ancestral, porque los animales integran una comunidad de vida.
La visión comunitaria de la vida se expresó en la práctica de las sociedades tradicionales como uso comunitario de los bienes. La gestión de los bienes comunes no pertenece al Estado y menos a particulares, sino a los vecinos.
En la España renacentista Don Juan de Padilla dejó su cabeza en el filo del hacha cuando quiso reivindicar derechos comunales ante la voracidad de Carlos V por recaudar para financiar guerras.
La evolución posterior, marcada por el ascenso liberal, se expresó en el siglo pasado, por ejemplo, en el texto del economista estadounidense Garret Hardin "Tragedia de los Comunes".
Hardin sostiene que en la propiedad comunal los individuos, guiados por su propio interés, sobreexplotan el recurso compartido de modo que el costo del agotamiento se reparte entre todos.
En síntesis, la explotación egoísta provoca la ruina del bien comunal. Hardin ofrece su solución: privatizar los bienes comunes de modo que los dueños tengan incentivos para conservarlos.
Desde otro ángulo, Elinor Ostrom demostró que muchas comunidades gestionan recursos compartidos a largo plazo mediante normas internas, sistemas de vigilancia comunitarios y sanciones progresivas para quienes rompen las reglas.
Para los liberales lo que es de todos no es de nadie, los lazos sociales que unen a la gente y constituyen comunidades solidarias no existen: solo existe el individuo aislado y de su egoísmo brota la armonía.
Es la expresión actual, aplicada a los hechos sociales, del nominalismo que inició en el siglo XIV el fraile franciscano inglés Guillermo de Occam: No hay construcciones sociales colectivas, no hay principio de individuación, no hay comunidad de vida, todo es singular.
Parece evidente a los liberales que en una granja colectiva "nadie va a sembrar para que cosechen otros", a pesar de que allí apunta la conducta comunitaria de los ayllu andinos.
El ayllu es una expresión del sumak kawsay o bien vivir, que no es el vivir mejor, el progreso liberal. La vida andina reconoce la complementación solidaria de esfuerzos según la visión tradicional de la vida que expresa la unidad de las partes en el ayllu y la reciprocidad entre ellas en el ayni, que es un principio de ayuda mutua.
Restablecer la cultura tradicional en las mentes modernas implica desalojar de ellas estructuras tenacísimas que derivan de la ciencia ilustrada.
Para los economistas liberales el desarrollo es la finalidad de la historia y el crecimiento de la economía está por sobre cualquier otra actividad humana.
El progreso, que proporciona a los liberales un suelo donde pisar, equivale para ellos a la libertad porque promete dejar atrás la escasez y entrar en el mundo de la abundancia. La helada racionalidad instrumental se toca con el sueño del país de Jauja.
El neoliberalismo indujo a los "subdesarrollados" a mirar solo a la libertad de los mercados y a dejar librados a su acción todos los problemas, que ante su poder irían cayendo de a uno como los diablos rebeldes ante la espada del arcángel Miguel.
Algunos "errores", como el del alemán de André Gunder Frank en los años 60, cuando notó que en Nuestra América lo único que se desarrollaba era el subdesarrollo, fueron rápidamente ubicados como heterodoxias respecto del pensamiento liberal.
El sistema capitalista implica poner en la base de la sociedad un sujeto individualizado y egoísta que vive en un tiempo lineal. Ninguno de estos presupuestos es compatible con la visión tradicional de la vida
La economía liberal no admite nada que provenga de otra fuente que no sea su propia civilización, su lógica, su ambiente, su pensamiento, y por ese camino se ha quedado relegada un siglo en el mismo desarrollo que le sirve de bandera.
Mientras las demás ciencias han experimentado cambios gigantescos, la economía sigue siendo en esencia la del siglo XIX
Quizá sea cierta incómoda consciencia de este subdesarrollo donde menos lo esperaba lo que llevó a los neoliberales a extremar los puntos de vista y centrarse solo en los mercados como mecanismos de asignación de recursos y de regulación social. Cualquier otro punto de vista es rechazado al momento del reparto del prestigio académico.
Se advierte entonces un estado de confusión entre los que quieren seguir explicando la sociedad con los conceptos originados en la revolución francesa.
Tienen dificultades para discernir si un partido es de izquierda o de derecha, hablan de fascismo izquierdista y de nazifeminismo.
Finalmente, en los medios de prensa, en los comunicados de las Naciones Unidas y de las ONG, en las proclamas de los partidos con posibilidades electorales, que pertenecen todos al consenso liberal, no hay alternativas al neoliberalismo.
La demostración de Ludwig von Mises de que los precios son los mejores asignadores de recursos es al mismo tiempo la refutación de las herejías, que han empujado fuera del escenario económico.
Hemos alcanzado el punto en que la idea de los mercados como únicos reguladores sociales ha acotado de tal manera al discurso de la economía, que se ha convertido en un discurso dirigido a legitimar las corporaciones internacionales.
En estas condiciones, el mercado es teología y los saberes tradicionales son herejía. Y los teólogos del mercado son los únicos a los que el liberalismo reconoce autoridad para separar los probos de réprobos.
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