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Caleidoscopio
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Se necesita un responsable

Siempre, y ahora, no todo es como parece. La humanidad de siempre, ante lo inexplicable y complejo para su inteligencia y limitada capacidad de comprensión, tuvo y tiene la sana o enferma tendencia de buscar como estrategia de vida “un responsable” del universo. Y someterse. Por Juan José Rossi (*). Especial para AIM.

Necesita un “creador” que, en distintos idiomas y por diferentes sistemas religiosos occidentales y occidentalizados, en general se lo define como causa primera sin principio ni fin y padre amoroso, tanto de individuos que suelen considerarse normales, como de los que tienen capacidades diferentes; creador del átomo, moscas, serpientes, plagas, cáncer, Sida, terremotos, huracanes, vegetales y minerales y, obviamente, del Covid 19 y también del cacao y el curare.

En tanto concebido como arquitecto del universo, unas veces se lo considera genial, otras cruel. Como juez, inapelable -en esta existencia o en algún paraíso más allá de esta vida- y justiciero ante los delitos ocultos y públicos impunes y complaciente ante las acciones que consideramos nobles, o supuestamente nobles, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad.

Este es el esquema simplista y contundente de la mayoría de los que creen.

Por supuesto, están quienes prescinden de tales creencias o plataforma existencial, enfrentando la realidad tal cual se manifiesta e intentando asumir responsablemente, sin causas invisibles y condicionantes, no solo la vida y las relaciones humanas sino a todo el universo que experimentamos.

De todos modos, es estimulante preguntarse a qué se debe el fenómeno tan difundido de las “creencias” y adhesión -al menos teórica- a cientos de seres “supremos” y a innumerables “normas reguladoras” -de de todo tipo-, por parte de una mayoría importante de la humanidad que, además, frecuentemente se manifiesta y actúa hasta el fanatismo individual y colectivo, condenando a los que no creen.

Hay sectores de creyentes que, rubricándolo en ocasiones con la inmolación de la propia vida o la de alguno de sus miembros (casos dignos de ser estudiados por su extremismo que, sin embargo, los creyentes de buena fe consideran “convicción o heroísmo”), aseguran la existencia de un dios o causa última responsable del universo y de todo lo que en él aconteció y acontece incluida la humanidad…, pero que, paradójicamente, no es capaz de defenderse a sí mismo ni a sus propios proyectos, como es, por ejemplo, el planeta y la humanidad, ya que los elementos de la naturaleza se desintegran y los miembros de la especie humana (sean creyentes o incrédulos), supuestas criaturas de ese dios, son (somos…, incluso sus representantes) corruptos o corruptibles mientras el cosmos lentamente y lejos de nuestra mirada va hacia su colapso.

Los creyentes extremistas -son absolutamente libres para serlo y, a veces, esgrimen sus propios argumentos con todo derecho- se basan en sus propias disquisiciones filosóficas muy variadas y cambiantes a lo largo de los siglos y en presuntas “revelaciones” de seres superiores “trascendentes” (Yaveh, Elohim, Jesús, Mahoma y muchos otros), es decir, seres protagonistas indiscutibles de otra dimensión infinitamente superior y discontinuada de la nuestra. Un ser que, tal cual se lo puede identificar a lo largo de la historia de incontables grupos humanos, aparece como numen misterioso, multifacético, distante, escurridizo y maleable según el antojo de cada individuo o grupo, puesto que nadie lo ve ni toca … aunque algunos pretendan haberlo “experimentado o visto” en reiteradas apariciones o teofanías que resultan inútiles, a no ser para introducir más confusión en la gente y despertar vanas esperanzas en el contexto de masivos y rentables negocios. Lo que, sin duda, resulta una flagrante contradicción dentro del fenómeno.

Sin embargo, junto a incontables representaciones de diferentes “dioses” (asumido en este caso como concepto general) y a través de muchos miles de años de historia del Homo sapiens, nunca faltaron ni faltan -entre ellos multitud de personas con reconocido sentido común y eximios pensadores- quienes tácita o explícitamente los desconocen y niegan por absurdos a tales seres.

Todos conocemos la clásica dualidad concebida en el género humano en los últimos milenios: “creyentes o infieles”. Dicotomía absurda que, en nuestro continente Abya yala, es relativamente nueva (algo más de 500 años). Se implantó por la fuerza de armas, mentiras y legiones de clérigos a partir de 1493, con el 2° viaje de Colón en el que llegaron una decena de religiosos dispuestos “a dar la vida por su dios” y barrer con los de aquí, si los hubiera.

Semejante dicotomía, hoy da vergüenza. En especial por la falta de respeto que implicaba imponer un dios por parte de quienes “decían” que predicaban el amor al prójimo. En aquel proceso de invasión hasta quemaron a los chamanes (médicos) y caciques de las comunidades por -según el clero católico-, “adorar al demonio” de quien los nativos ni siquiera conocían su existencia.

Es difícil percibir que, de hecho, somos o “vamos siendo”, “una” especie supuestamente “inteligente, superior y potente” navegando en un “arca salvadora” que se dirige al centro abismal de un misterioso mar de tiempo y espacio sin límites. En fin, “inteligencia humana” (hoy, por suerte, puesta en tela de juicio), que en lugar de conducirnos hacia una convivencia equitativa, pacífica y sana…, empuja y se motiva a sí misma en un galopante fracaso social y ambiental sin aparente chance de retorno.

De hecho, la humanidad, no muy consciente de lo que está sucediendo -en especial los políticos-, se divide en grandes opciones filosófico-prácticas respecto de lo “trascendente” que a juzgar por lo que sucede, nos estaría mirando de lejos ya que “todo sigue igual, o peor”.

Algunos sectores intentan, muchas veces con inexplicable fanatismo y un proselitismo irrespetuosos, convencerse y convencer a los demás de que “su” dios y “su” corporación religiosa (generalmente con una motivación dineraria detrás, al menos para sí mismos) son los únicos verdaderos a los que debe reverenciarse para evitar el enojo de su dios con el hombre. Otros, en su intimidad, viven defendiendo o dudando de ese mundo trascendente, tanto cuanto resulte conveniente “para salvar el sentido de sus vidas”, aunque lo hacen, a veces, con un repulsivo proselitismo y con actitudes mesiánicas expansivas e interesadas. Quizá solo relato memorizado.

También están los que permanecen al margen de todo tipo de ateísmo, deísmo, panteísmo, monismo o monoteísmo y aceptan la realidad tal cual es. Quizá estos últimos estén asumiendo en la práctica una posición más acorde con la ya incuestionable evolución y, a la vez, asumiendo la fragilidad del cosmos y de la presente época que, inexplicablemente, muchos viven como panacea por lo que llamamos “ciencia y tecnología”, aparentemente más contenedora que el “Arca de Noé”…, si bien cada día se insinúa como el gran peso muerto que hunde el barco (industria alimentaria, agro tóxicos, extracción ilimitada de petróleo y minerales, industria del plástico, costo de la medicina, etcétera).

Mientras los defensores de una u otra hipótesis, o sistema de creencias, declaman, se enfrentan, polemizan y coexisten con cierta desconfianza y rivalidad proselitista…, o se ignoran entre sí, el universo continúa su devenir y presencia desde un pasado inconmensurable y un futuro absolutamente desconocido e imprevisible.

La humanidad, al menos desde que somos Homo sapiens (¡hace ya 200 mil años!), en lo esencial permanece igual a sí mismo, es decir: es concebido, nace, crece y muere; transita la existencia en paz o en guerra; goza y sufre, mejora o no las condiciones de vida de “algunas” personas, según el lugar, tiempo y sistema social en que le cupo en suerte nacer y existir. En su caminar “se va dando cuenta de muchas cosas”, o puede darse cuenta, si piensa la realidad.

Desde que surgió el Homo sapiens -nosotros- la humanidad continúa su devenir constante (no ascendente porque la humanidad y el cosmos no persiguen un modelo o final previsto) enfrentando problemas cada vez más difíciles de resolver, ínsitos en la naturaleza o generados por el mismo hombre. No es de “ahora” lo que nos pasa, sino de siempre por el enorme dinamismo del cosmos, los condicionamientos que provoca nuestro insignificante planeta y por diversos motivos humanos como son las enemistades entre personas y pueblos; las sequías e inundaciones, terremotos, plagas y epidemias, erupciones volcánicas y tsunamis, permanentes amenazas de conflagración nuclear; en fin, concentración perversa de riquezas, explotación y hambre... entre otros fenómenos.
En ese contexto, y ante la conciencia de nuestra propia limitación -aún cuando a veces el hombre estúpidamente se sienta omnipotente y eterno- la creencia individual y colectiva en tótems, fetiches, héroes mitológicos, dioses, salvadores divinos o humanos, cielo, infierno, purgatorio, limbo, nirvana, tierra sin mal, ángeles, demonios, mediadores y protectores de ultratumba o apariciones retorcidas de congéneres ya muertos... si bien son creaciones fantásticas (de fantasía) del hombre mismo e, incluso, las hemos puesto en tela de juicio…, no parecen repugnar a nuestra naturaleza y puedan tener un sentido existencial.

Es decir, ese curioso mecanismo proyectivo hacia “algo” que nos trascienda, NO se estaría contradiciendo con lo que somos, seres frágiles, necesitados de protección y de tener alguna explicación de lo que nos pasa; ni a la búsqueda de contención y al ardiente deseo de “continuar” viviendo como sea. Un deseo que se resiste a la ineludible y siempre próxima y absoluta destrucción de nuestro yo consciente.

Este profundo fenómeno psico-social recurrente en todas las etapas del despliegue humano hasta la actualidad (que hemos criticado en el artículo anterior en la medida en que son alienantes), en sí mismo no parece repugnar a nuestra condición humana siempre que esas creencias en sistemas cosmovisionales y míticos, en dioses y mediadores, de algún modo resulten explicativos de la realidad y ayuden al hombre a transitar con más esperanza y contención su contradictoria existencia, tan apetecible cuanto crudamente mortal… y colaboren a vivirla.

El mecanismo de proyectar una dimensión “trascendente”, poblada de entidades superiores e infinitas; discontinuadas y responsables absolutas y arbitrarias del cosmos con facultad de intervenir inmediata o mediatamente en él, aparece más bien como una espontánea y auténtica estrategia de supervivencia psicosocial del hombre. De alguna manera, todos los pueblos del planeta en todos los tiempos, desde que el homo es consciente de sí mismo y de la propia muerte y destrucción de su conciencia, ha generado esta estrategia que los individuos y los grupos, en el contexto de sus propias necesidades y expectativas, siempre consideraron genuina, resultando, de hecho, útil para contener el complejo devenir de la vida.

Ahora bien, utilizar en forma corporativa o individual a esta tendencia recurrente de la humanidad de elaborar cosmovisiones, mitos, creencias y “estructuras religiosas”, instrumentándolas para lograr algún tipo de poder sobre las conciencias y privilegios en la sociedad es, como mínimo, distorsionante de la realidad e inhumano, aunque aparezca como lo contrario. Tal vez, como cínico y cruel, al menos durante los dos últimos milenios en que la experiencia, confrontación de ideas en todos los rincones del orbe y la reflexión sobre la historia gracias a las distintas formas de escritura y ciencias, nos abren las puertas a una comprensión e interpretación más realista y menos ingenua o fantasiosa del devenir y acontecimientos humanos y de los fenómenos cósmicos.

Del autor
Juan José Rossi (*) es profesor de Humanidades Clásicas, Filosofía y Teología; historiador y escritor. Fue sacerdote durante 14 años, desempeñando funciones especialmente en el área de la educación, pero se convirtió luego en un crítico implacable del catolicismo como estructura de poder que tuvo una función esencial en la invasión y colonización de nuestro continente desde 1492. Fundó en Concepción del Uruguay el museo Yuchán y el Yvy Marä ey en Chajarí. Es autor de más de 40 diversos libros, entre ellos, "La historia saboteada de Abya Yala". El 14 de diciembre pasado, Rossi, historiador radicado desde 1993 en Entre Ríos, recibió en Buenos Aires el premio a la trayectoria en educación y cultura discernido anualmente por el Fondo Nacional de las Artes.

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