Vivimos conectados, pero discutimos desconectados. Abrís Twitter, Instagram o Facebook para opinar sobre una medida del gobierno y a los dos minutos ya no estás debatiendo ideas. Estás en una trinchera. Y del otro lado hay alguien esperando con una sola munición: “Vos nunca dijiste nada antes”.
Por Eugenio Jacquemain (*)
Esa frase se volvió el comodín de la agresividad política en redes. Da igual si el tema es la economía, un fallo judicial, la educación o la salud. Si criticás al gobierno de turno, aparece el archivo selectivo. Si lo defendés, aparece el otro. El objetivo no es discutir el hecho. Es descalificar a la persona.
Lo grave es que esto no es nuevo de este gobierno. Ya pasaba antes. Y seguramente pasará con el que venga. Cambian los nombres, cambian los colores, pero el guion es el mismo: reducir todo a “sos K”, “sos M”, “sos libertario”, como si eso anulara cualquier argumento.
Y ahí entra el segundo capítulo del problema: el periodista, el vecino, el docente, el que sea, que tiene un historial público de denuncias. Hay periodistas que cuestionaron corrupción en 2012, en 2016, en 2019 y lo vuelven a hacer en 2026. Está todo. En notas, en radio, en videos. El archivo existe.
Pero en redes el archivo no importa. Importa el momento. Entonces le dicen: “Ahora hablás porque es este gobierno”. Es una forma de violencia simbólica muy eficaz. Porque te corre del eje del debate. Ya no tenés que probar si lo que denunciás es cierto o falso. Tenés que probar que no sos hipócrita. Y eso es imposible en 280 caracteres.
¿Por qué se puso tan agresivo? Por tres razones que se retroalimentan.
Primera: la lógica del algoritmo. Las redes premian lo que genera reacción rápida. El insulto, la chicana, el “guardá tuit” tienen más alcance que el matiz. Si ponés “me parece discutible por A, B y C”, te leen tres. Si ponés “callate, ahora hablás”, te leen tres mil. El algoritmo no distingue verdad de ruido.
Segunda: la identidad como bandera. Hoy opinar de política es una declaración de identidad. Si criticás una medida, no te leen como ciudadano. Te leen como “enemigo”. Y al enemigo no se le discute: se lo anula. Por eso el “nunca habló antes” funciona: busca borrarte legitimidad antes de que abras la boca.
Tercera: la amnesia funcional. Todos tenemos memoria corta cuando nos conviene. Es más fácil creer que el otro recién se despertó, que aceptar que el otro viene denunciando hace años pero ahora le toca a “los tuyos”. Reconocer coherencia en el adversario es un costo político muy alto en la lógica de redes.
El resultado es una conversación pública empobrecida. Los periodistas con trayectoria terminan eligiendo el silencio para evitar el barro. Los ciudadanos con dudas prefieren no preguntar para no quedar pegados. Y ganan siempre los extremos: el que insulta primero y el que cancela después.
¿Qué hacemos con esto? No hay una ley que lo arregle. Es cultural.
Volver al hecho, no a la persona. Se puede estar en contra de un periodista, pero si la denuncia tiene datos, el debate es sobre los datos. Si el “nunca habló antes” fuera cierto, igual habría que responder el fondo. Y si es falso, basta un link. El archivo está para usarse.
Recuperar la coherencia como valor, no como arma. Tener historial no te hace santo. Pero usarlo para tapar un hecho actual tampoco te hace honesto. Coherencia es sostener criterios con gobiernos propios y ajenos. Y eso se exige para todos lados.
Salir de la trinchera cuando se pueda. La red te invita a pelear. La democracia te pide conversar. No siempre se puede. Pero cuando dos personas se corren del “vos nunca” y van al “a ver, esto qué significa”, la discusión cambia de temperatura.
Las redes no inventaron la agresividad política. La amplificaron y la aceleraron. El “nunca habló antes” es solo la versión 2026 de un vicio viejo: descalificar en lugar de argumentar.
Una sociedad se mide en cómo trata a quienes piensan distinto, y también en cómo trata a quienes piensan igual pero se animan a incomodar. Si cada vez que alguien denuncia lo primero que hacemos es revisar su fecha de nacimiento política, vamos a terminar sin denunciantes y con muchos militantes de teclado.
Y un país sin crítica, de ningún lado, es un país que se acostumbra a todo.
Ese es el verdadero riesgo. No el tuit.
(*) Editorial Fuera de Juego – Somos Entre Ríos 29-6-26