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Política
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Illia y la República perdida

Arturo Umberto Illia tenía 82 años cuando al final del "proceso", cuando los desaciertos y brutalidades que cometieron los militares, coronados por la primera derrota militar argentina ante una potencia extranjera,  los obligó a retirarse a los cuarteles, permitió a los políticos hacer campaña. En ese tiempo, los actos debían ser en local cerrado. En Paraná, Illia, presidente derrocado por uno de los tantos golpes cívico militares,  habló ante un auditorio casi todo de radicales en el  gimnasio del colegio Don Bosco, en la avenida Ramírez de Paraná.

Illia incomodó a su auditorio cuando se suscitó un intercambio y surgió la idea de que los militares tenían cierto status diferente del resto de los argentinos.
Illia incomodó a su auditorio cuando se suscitó un intercambio y surgió la idea de que los militares tenían cierto status diferente del resto de los argentinos.

Illia incomodó a su auditorio cuando se suscitó un intercambio y surgió la idea de que los militares tenían cierto status diferente del resto de los argentinos. Illia atajó la cuestión en seco. "¿Qué representan ellos que no representen ustedes? Ustedes son ciudadanos argentinos, igual que ellos. Ellos no tienen ninguna representación especial ni nada de eso, todos somos iguales". (Nadie es más que nadie, pero ellos habían demostrado ampliamente ser menos). Sin embargo, había prendido en la gente, incluso entre algunos radicales, la idea de que los militares, que se comportaban como si fueran una nobleza sin toga ni bragueta, y trataban a los civiles como chusma incivil, tuvieran de todos modos algo que los diferenciaba y que el final los ponía naturalmente más cerca del poder. Había entonces una broma que sostenía que la carrera militar no terminaba en el grado de general, sino en  el de presidente de la nación.

El modo tajante de marcar las cosas que tuvo Illia   despertó a varios esa noche, porque la gente, que había estado en buena parte de acuerdo con el golpe de 1976 ante el agobio que significaba el gobierno de Isabel, ya estaba harta en 1982 y no era muy difícil hacerle caer algunas costras ideológicas, que de todos modos son persistentes. Hay muchos que no consideran sino lo que brilla y van a la luz como las polillas. Se queman como polillas o van sencillamente a otra llama cuando la anterior se apaga. No son tantos los que pueden ver qué sustancia alimenta la llama.

La Argentina que es y la que no pudo ser

Los constitucionalistas quisieron que la Argentina fuera republicana, representativa y federal, fundados en Alberdi y en la constitución de los Estados Unidos. No tuvieron éxito: el país que se formó después de Pavón, la Argentina nacionalizada, no  no es ni representativa, ni republicana ni federal, y lo va siendo cada vez menos, muy lejos de lo que pensaron los constituyentes. Sin embargo, la posición de Illia vale como norte que no se debe olvidar, como meta estratégica irrenunciable, al precio de perderse definitivamente en un pragmatismo sin brújula.

Argentina no fue federal después  de la arremetida de Mitre contra las provincias. La representación está en crisis terminal: los representantes no representan al pueblo que los votó sino el jefe circunstancial de su partido,  y solamente en la medida en que tenga el poder y pueda apretarlos. Así fue Menem, así son los Kirchner. Ante ellos, aprobar y callarse la boca.

La condición republicana de la Argentina se sostuvo a medias hasta 1930. Después, con los golpes militares, de hecho la cosa pública cayó a intervalos en manos de pocos, que en algunos casos extremos, como el de Juan Carlos Onganía, tuvieron el propósito declarado de establecer una oligarquía en lugar de la república,  y hasta planearon modificar las maneras de elegir para entronizar a lo que llamaban los "gobernantes natos", gente representativa de las oligarquías locales de cada provincia que iban a instalar en los sillones del gobierno no por elección, sino por "consenso".

Cuando el proceso desplazó a Videla del Ejecutivo el nuevo presidente fue  elegido por las tres fuerzas armadas, y una vez hecho, uno de ellos dijo a la prensa entre sonrisas: "hemos pasado la  prueba republicana"(eligiendo un  presidente de facto entre tres uniformados,  menos que los integrantes de la férrea dictadura veneciana en su mejor época).

La historia muestra de qué manera las repúblicas antiguas se transformaron en monarquías. Primero los cargos rigurosamente electivos se prolongaron mediante la reelección o por "razones de necesidad". Luego llegaron a hacerse vitalicios, y finalmente, en el último paso, hereditarios.

Presenciamos un deseo intenso de todos los políticos de seguir en sus cargos en el caso de que no puedan conseguir otro mejor, al que aspiran sin siquiera preocuparse por ejercer el que tienen. Las tendencias opuestas a la alternancia republicana son tan evidentes que no es necesario ni mencionarlas.

Esa voluntad de eternidad, de permanencia más allá de la ley, no es republicana sino propia de las monarquías absolutistas.

Representativo debe querer decir que los que votan hagan lo que propusieron y aquello que tienen mandato para hacer. Una mínima ojeada al panorama político permite ver qué lejos estamos  de eso.

En vez de representar al pueblo que los eligió los diputados y senadores nacionales siguen al partido que representan, y dentro de éste, al mandamás.

Tan  pronto un legislador se instala en su banca con un espíritu de cuerpo cualquiera, la república representativa está perdida.  Y se espíritu de cuerpo es hoy tan normal, tan natural, un valor entendido hasta tal punto, que un diputado porteño, justicialista, decía ser legislador por los industriales, y no por el pueblo de la provincia de Buenos Aires.

Entre nosotros, debemos recordar a un ex gobernador entrerriano, quien en una de sus habituales diferencias con la oposición le preguntó a un diputado opositor uruguayense  a quién representaba él.

Pregunta insólita, que fue respondida por el legislador con una clase elemental de educación cívica. Le recordó ¡al gobernador! que los diputados representan en la cámara al pueblo de Entre Ríos. Después de esto, creemos suficientemente probado que la representatividad está en crisis, más allá de las boletas sábanas, de las internas, de la ley de Lemas y de todas esas variantes, que no son remedio.

Ese gobernador repetía en sus discursos que él,  era jefe  del primer poder del Estado, como consideraba al Ejecutivo, sin percatarse de que por algo la constitución pone en primer lugar al legislativo y le da más espacio. Y eso obviamente porque el poder que tiene que  hacer las leyes está por sobre el que debe ejecutarlas.

Para volver los entrerrianos a  ser dueños de lo que es nuestro hay que  ejercer la  política en su función más precisa: recuperar el  poder perdido, actuar con inteligencia y habilidad tras un fin bien definido,  para todos, no de un proyecto personal.

Pero los proyectos personales, basados en el aplauso indiscriminado y  en las reverencias cotidianas del poder central, son cosa entendida y natural, al punto que cuando más serviles nos mostramos con el poder mientras todavía brilla, mejor conducta entendemos tener y más premio esperamos recibir.

De la Redacción de AIM.

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