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La muerte de Juan Perón

El primero de julio de 1974, a los 78 años de edad, murió en Buenos Aires el presidente en ejercicio de la república Argentina, el teniente general Juan Domingo Perón, que por presencia o por ausencia determinó la política nacional durante décadas y suscitó y suscita los fervores más ardientes y los enconos más acérrimos.

Juan Domingo Perón, ex presidente de los argentinos.
Juan Domingo Perón, ex presidente de los argentinos.

Ese día a las 14:10, la esposa de Perón  y vicepresidenta,   María Estela Martínez, que ejercía la presidencia desde el  29 de junio, anunció el fallecimiento del  presidente.

Poco después el secretario general de la CGT, Adelino Romero, decretó  un cese general de actividades; medida que fue imitada por Julio Broker, titular de la CGE, quien invitó a los empresarios de todo el país a sumarse al duelo.

Los  restos de Perón fueron instalados en la capilla de la quinta presidencial de Olivos, vestido con uniforme militar, donde se lo veló hasta las 8 del día 2. A esa hora fueron trasladados a la Catedral Metropolitana

Colocado en una cureña, el féretro, flanqueado por granaderos, fue conducido al Palacio Legislativo. Allí permaneció hasta las 9.30 del jueves 4.

Entre las muchas muestras de pesar que suscitó en los mandatarios de diferentes países la noticia de la muerte de  Perón, hay una especialmente significativa, la del presidente de Italia Giovanni Leone: “Juan Domingo Perón será recordado por el pueblo italiano por su amistad hacia Italia, constante y concretamente demostrada por el impulso dado al desarrollo de la colaboración ítalo-argentina”.

El trasfondo de las palabras de Leone es la actitud de Perón cuando al fin de la Segunda Guerra  Mundial recibió en la casa rosada al embajador de Italia, que le hizo conocer que en  la Italia devastada había trigo solo para 15 días. Ante esta perspectiva de hambruna en Italia, Perón, en presencia del embajador, tomó el teléfono y dispuso que todos los barcos argentinos cargados con trigo en alta mar cambiaran el rumbo y se dirigieran  al puerto de Génova.

El  médico Jorge Taiana,   entonces ministro de Salud, recomendó al presidente posponer un viaje a Asunción del Paraguay, porque no debía exponerse al frío y al viento en palcos y tribunas.

Perón aceptó y Taiana se retiró de Olivos a su despacho. A las dos horas, supo por la prensa que Perón estaba abordando en el aeroparque el avión que lo llevaría al Paraguay.

Taiana entendió que su sugerencia aceptada había sido dejada de lado por voluntad del todopoderoso José López Rega, que apareció en cierto momento de la entrevista con el anciano presidente.

Como Taiana temía,  Perón volvió más enfermo del Paraguay. El parte que da cuenta de muerte del líder, que firmó con Pedro Cossio,  Domingo Liotta y Pedro Eladio Vázquez, decía: “El señor teniente general Juan Domingo Perón ha padecido una cardiopatía isquémica crónica con insuficiencia cardíaca, episodios de disritmia cardíaca e insuficiencia renal crónica, estabilizadas con el tratamiento médico. En los recientes días sufrió agravación de las anteriores enfermedades como consecuencia de una broncopatía infecciosa. El día 1º de julio, a las 10:25, se produjo un paro cardíaco del que se logró reanimarlo, para luego repetirse el paro sin obtener éxito ninguno de los medios de reanimación de que actualmente la medicina dispone. El teniente general Juan Domingo Perón falleció a las 13.15”.

En una nota del diario La Nación mucho después, Carlos Seara, uno de los médicos que atendió a Perón, narró  detalles de la agonía.

A los ojos del médico no apareció el líder carismático que desde la presidencia o el exilio marcó la política argentina, sino un hombre  vulnerable, dependiente, vencido como cualquier otro enfermo terminal.

"Yo lo conocí a Perón todavía en Gaspar Campos - recuerda Seara-, el 1° de enero de 1974. En un principio no le habían dicho que estábamos de guardia por él, aunque nos movilizábamos a todos los lugares a los que iba en los coches de la custodia. Ese día, yo estaba de guardia y me lo veo venir. Se ve que al final le habían dicho lo del médico de guardia y vino a saludar. `Feliz año nuevo, doctor´ -me dijo-. Fue una conversación cordial, bastante banal. Yo estaba desayunando y Perón agarró una tostada y me preguntó: `¿Le pongo un poquito de dulce, doctor?´. Imagínense ustedes, tenerlo a Perón haciéndole las tostadas a uno, no lo podía creer."

Seara recuerda a un Perón muy envejecido, con el rostro manchado, el pelo muy negro, azabache, "tirante, como si fuera un indio". El líder mantenía intacta una cortesía proverbial, acompañada siempre de un guiño cómplice en la conversación, puntuada con expresiones simpáticas, campechanas, claro, hacia las personas que a las buscaba agradar. Para con el resto, mantenía una actitud distante, casi despectiva. "Más bien  Perón era un tipo distante, un fóbico, un individuo que ponía distancia. No se dejaba ni rozar por la gente de la calle. Nosotros lo tocábamos con la mano, pero  éramos como una aristocracia para él. Además, estaba siempre rodeado de obsecuentes, incluso de gente inteligente, como he visto yo, señores ministros o funcionarios importantes que, en presencia de Perón, reducían su capacidad intelectual a cero y quedaban anulados a su lado. Había excepciones, claro, como el doctor Jorge Taiana, el doctor Domingo Liotta y, sobre todo, el ministro José Ber Gelbard, que siempre me pareció que tenía cierta autonomía personal y no se eclipsaba ante Perón."

Seara señaló a La Nación que Perón era generalmente despectivo cuando hablaba de otros líderes políticos del momento, tanto de los internacionales, como De Gaulle o Lumumba (cuyos errores remarcaba siempre impiadosamente), como de los nacionales (al respecto, el médico recuerda alguna expresión insultante proferida contra Alvaro Alsogaray).

Sólo mantenía un respetuoso silencio hacia la figura del general Alejandro Agustín Lanusse, lo que para él casi constituía un elogio.

Seara cuenta que vio con Perón en el cine de Olivos la película "La Patagonia rebelde". A la salida dijo:  "Fue así la represión en el Sur, pero la tengo que censurar, porque no se puede dar esa imagen del Ejército precisamente en este momento"

Como paciente, Perón  "era obediente, miedoso. Se cuidaba cuando le prohibíamos alguna comida. Pero ya había llegado a la Argentina muy jugado. Yo tuve acceso a su historia clínica, que era casi un libro. Tenía de todo: un incipiente cáncer de próstata, pólipos y estaba enfisematoso. Tenía un poco de insuficiencia renal. Básicamente había una serie de combinaciones funestas: enfisema, insuficiencia cardíaca, cardio-esclerosis, insuficiencia renal leve. Aun si no le hubiera tocado gobernar, seguramente sólo hubiera vivido uno o dos años más."

El primero de julio de   de 1974,  tras tres horas de intentos por reanimarlo, el paciente murió. Seara recuerda la constante presencia de José López Rega. "Bueno, yo lo conocí muy bien, a veces almorzaba conmigo, primero en Gaspar Campos, y luego en Olivos. No tuve la impresión de que interfiriera en el tema médico. Conmigo, su trato era un tuteo muy familiar, muy campechano, aunque claro, a veces llegaban las referencias esotéricas en la conversación y las revelaciones extrañas: `Voy a escribir un día un libro de medicina que te va a dejar sorprendido´, solía decirme." El día del paro cardíaco que acabó con la vida de Perón, López Rega quemaba incienso alrededor de los médicos para salvar al que llamaba con unción: "mi faraón, mi faraón". Dice que López  Rega en cierto momento  le dijo aparte: "Si lo sacás, te hago conde".

La enfermera, Norma Baylon, le escuchó decir a Perón: "Esto se acabó".

 

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