Luego de los preparativos y de varios amagues, finalmente el observatorio Vera Rubin está en funcionamiento. No es una noticia más, ya que se trata del más grande construido hasta el momento y tiene la misión de espiar al universo con una definición inédita. Está ubicado en el desierto chileno y se propone cumplir una promesa de cara a la próxima década: realizar el censo del sistema solar más importante de toda la historia. Gracias a la tecnología con la que está dotado, sus fotos permitirían quintuplicar los hallazgos cósmicos realizados durante los últimos 200 años. Como en todo proyecto científico internacional de envergadura, hay científicos del Conicet que participan y cuentan los detalles a Página 12.
Nelson Padilla, director del Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (Iate) del Conicet y de la Universidad Nacional de Córdoba, forma parte de la iniciativa y señala: "Comenzó el relevamiento de datos hace unas horas y eso cambiará la forma en la que se mira el cielo. Es un proyecto único, porque no solo se trata de un telescopio que toma imágenes del cielo muy profundas, sino que observa grandes regiones del hemisferio sur. Lo hace muchísimas veces y durante muchos años, por lo que nos permitirá pensar en el universo como algo dinámico".
Emplazado en el Cerro Pachón, en pleno desierto de Atacama, el observatorio se erige como una perla visible a 2647 metros de altura. “La película cósmica jamás vista”: esa es, ni más ni menos, la vara que se pone el Vera Rubin frente a los próximos 10 años. Y tiene con qué: está compuesto de un espejo de 8,4 metros de diámetro, y una cámara del tamaño de una camioneta (la más grande que se utilizó hasta el momento) con una resolución de 3200 megapíxeles. Para disponer de información en tiempo real tomará una imagen cada 30 segundos.
Su vida útil será de 10 años y demoró en construirse 20 años, con una inversión calculada en 600 millones de dólares. Así funciona la ciencia: grandes preproducciones y antesalas para llevar adelante procesos de experimentación más concentrados en el tiempo, pero también muy enriquecedores. Tanto que, en este caso, se propone captar imágenes de una enorme cantidad de objetos conocidos y desconocidos que pululan en ese vecindario que las civilizaciones humanas dieron en llamar universo.
Cazador de imágenes únicas
El observatorio Vera Rubin rendirá cada centavo de dólar que demandó su inversión si, luego de una década, permite responder enigmas de calibre para el mundo astronómico. Por ejemplo, los investigadores que forman parte de la iniciativa buscan develar cómo se formó en detalle la estructura de la Vía Láctea; y comprender cómo evolucionan los distintos tipos de galaxias, los asteroides, las supernovas y el universo en general.
Diego García Lambas, investigador del Iate, brinda detalles: "El observatorio está dotado de una cámara gigantesca que monitorea todo el cielo varias veces por noche. La cantidad de datos que produce es algo impresionante; nunca ha habido algo así. Por eso, es un desafío para cada área de la astronomía; estamos con una expectativa enorme".
Luego, el especialista continúa: “Conoceremos objetos que, de tan raros, hay muy pocos; así como también se captarán eventos transitorios, esto es, fenómenos que suceden en un momento y después nunca más. Por ejemplo, variaciones de estrellas o tránsito planetario; así como estrellas que explotarán y cambiarán nuestra noción de escala de distancia”. A su turno, Padilla resume: "Producirá una cantidad de información brutal sobre el cielo del sur. Datos que se traducirán en descubrimientos“.
También brindará mayores detalles para entender, de una vez por todas, la naturaleza de la energía y la materia oscura. “El observatorio tendrá capacidad de detectar lentes gravitacionales en forma masiva y eso nos habilitará a nuevas interpretaciones sobre la materia oscura”, aporta García Lambas. Entender, en última instancia, de qué está hecho el universo y cómo evoluciona.
La pata argentina
Del proyecto participan 1500 científicos de 30 países. De ese total, el grupo argentino está formado por investigadores e investigadoras de las Universidades Nacionales de San Juan, La Plata, San Martín, Hurlingham, Buenos Aires y Córdoba. Bajo esta premisa, Padilla relata: “Lo lindo de esto es que desde el Instituto (Iate) logramos derechos de acceso a los datos del Rubín. Somos miembros del observatorio y se consiguió gracias a una participación previa en desarrollos fundamentales, sobre todo de softwares vinculados a cómo funciona la cámara principal”.
Argentina ingresó al proyecto “en concepto de especies”, es decir, sin aportar económicamente, sino a través del trabajo de sus científicos. Hay dos profesionales del Iate (Carolina Villalón y Marco Rocchietti) que, como explica Padilla, colaboraron en el desarrollo del software del telescopio, y están en contacto permanente con lo que sucede en Chile. Eso brindó la posibilidad de que, como contraprestación, también se habilite la participación de científicos de todo el país.
El director del Iate observa: "Nuestra participación solo fue posible gracias a la universidad pública y gratuita, a la calidad del sistema científico argentino. Una muestra de lo que puede hacer nuestra formación y el protagonismo que tenemos en un desafío de nivel y calidad internacional".
Vale destacar que el observatorio fue denominado Vera Rubin en homenaje a la científica que descubrió la materia oscura y que, entre otros aspectos, reportó que las estrellas se mueven a mayor velocidad al borde de las galaxias. Varias veces candidata a obtener el Nobel de Física, esta pionera en el campo de la astronomía falleció en 2017 cuando transitaba los 88 años.