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En vísperas de "Las Tunas": Los extravíos con consecuencias históricas

El 24 de junio de 1820, a unos doce kilómetros de Paraná, ocurrió la batalla de Las Tunas, en la que Ramírez derrotó a Artigas; luego vendría Rincón de Ávalos (Corrientes), el declive final del caudillo oriental, provocando su exilio en el Paraguay hasta su muerte (1850); alrededor de diez años de una prolífica vida pública y tres décadas en el ocaso, la pobreza y el olvido. Por : Ladislao Fermín Uzín Olleros*.

Fue un descomunal error de Pancho, distanciarse de su jefe político, envalentonado con su triunfo en Cepeda, quien se dejó seducir por el intrigante Sarratea, cuando era el momento de instalar un gobierno consonante con las provincias, formar un ejército que ayudara a Artigas a desalojar a los portugueses de la Banda Oriental y llevar adelante el proyecto de un país federal con la capital fuera de Buenos Aires, tal como lo venía propiciando don José Gervasio; así lo postulaba en sus Instrucciones a los representantes orientales a la Asamblea del año XIII (cenáculo celebrado en la quinta de Cavia, Montevideo, abril de 1813), que le significaron la calificación de traidor a la Patria y ponerle precio a su cabeza (seis mil pesos fuertes, vivo o muerto).

A esa defección le seguiría el enfrentamiento con su hasta entonces aliado, Estanislao López, que lo llevaría a la muerte en lo que se ha dado en llamar la Tragedia del Río Seco (Córdoba, 10 de julio de 1821), cuando fue ultimado al acometer el salvataje de su amada Delfina, cuyo caballo fuera boleado por la tropa enemiga.

La muerte de Ramírez trajo aparejada la conclusión de la efímera República de Entre Ríos, apenas a nueve meses de su creación, que no envolvía un propósito secesionista, sino diferenciarse de las ideas predominantes en Buenos Aires, que todavía miraba con buenos ojos la permanencia de la monarquía y acentuar su centralismo.

Era un proyecto interesante y avanzado para la época, poniendo el acento en la organización política, la división territorial, la educación, la formación de milicias, del servicio de justicia, un censo poblacional, la promoción de la agricultura.

Ya organizado el país a partir de 1853, sobreviene la segunda Cepeda (octubre de 1859) en la que Urquiza derrota a Mitre; la mediación del Mariscal Solano López facilitó evitar un mayor derramamiento de sangre y la firma del Pacto de San José de Flores (noviembre de 1859) que desembocó en la primera reforma constitucional (1860), la incorporación de Buenos Aires a la Confederación, hasta entonces ausente, que empero conservaría las rentas del puerto y de la aduana.

Esta gestión de buenos oficios del jefe paraguayo le sería retribuida un lustro más tarde con la tristemente célebre Guerra de la Triple Alianza (o de la “Triple Infamia”) que implicaría el cataclismo de un pueblo hermano, llevada hasta casi el exterminio de su población masculina; por entonces, Asunción había sido un faro de luz que irradiaba más allá de sus límites territoriales y dio paso a la obra cumbre de Alberdi, “El crimen de la guerra”, uno de los pilares del derecho internacional (“El crimen de la guerra es el de la justicia ejercida de un modo criminal, pues también la justicia puede servir de instrumento del crimen“).

Por su parte, escribiría López Jordán a Urquiza, ante la orden de una leva para llevar tropas entrerrianas; “Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos a pelear a porteños y brasileros. Estamos pronto. Esos son nuestros enemigos. Oímos todavía los cañones de Paysandú. Estoy seguro del verdadero sentimiento del pueblo entrerriano”.

A Cepeda le seguiría Pavón (septiembre 1861); nuevamente enfrentados Mitre y Urquiza, éste defeccionaría retirándose del campo de batalla, no obstante ganancioso hasta ese momento, claudicando a la defensa y consolidación del federalismo, tal como magistralmente lo describe el profesor Juan Antonio Vilar (“Hacia la derrota federal - La Confederación Argentina – 1852 – 1862”).

Las veleidades y egoísmos exacerbados, abultados por ocasionales deslumbrantes coyunturas, han provocado yerros históricos, cuyas consecuencias todavía afligen a nuestro país.-

* Ladislao Fermín Uzín Olleros, abogado, historiador.

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